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La fuerza de lo silencioso: Jane Wilde y la razón por la que Hawking vivió

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Detrás de cada mente brillante, a veces hay un amor silencioso que eligió quedarse.

En 1962, Jane Wilde tenía 18 años cuando conoció a un joven estudiante de física en una fiesta en St. Albans, Inglaterra. Se llamaba Stephen Hawking. Caminaba de una forma extraña, algo en su cuerpo no encajaba del todo, pero su mente era deslumbrante. Su humor, rápido. Su sonrisa, imposible de ignorar.

Se enamoraron.

Un año después, todo cambió.

A los 21 años, Stephen fue diagnosticado con ELA. Los médicos fueron claros: le daban, como máximo, dos años de vida. Su cuerpo se iría apagando poco a poco. Caminar, escribir, hablar… todo desaparecería.

Jane tenía una elección. Podía marcharse. En 1965, decidió casarse.

Durante los siguientes 25 años, Jane Hawking se convirtió en la presencia constante detrás de una de las mentes más extraordinarias del siglo XX. Crió a sus tres hijos mientras cuidaba de un esposo cuya dependencia física crecía sin pausa. Lo vestía. Lo bañaba. Traducía su voz al mundo cuando ya casi no podía hacerse entender. Y aun así, se negó a desaparecer.

Mientras el mundo la veía solo como “la esposa de Stephen Hawking”, Jane decidió preservar su identidad. Estudió durante años hasta obtener un doctorado en poesía medieval española. Doce años de estudio a tiempo parcial, entre cuidados, hijos y responsabilidades. Más tarde diría que lo necesitaba para demostrar que no era solo una esposa.

Cuando la fama de Stephen explotó, especialmente tras el éxito de Una breve historia del tiempo, la presión se volvió insoportable. La casa se llenó de enfermeras. Los medios nunca se iban. La intimidad que los había sostenido durante décadas comenzó a resquebrajarse.

Jane lo resumió con una frase honesta: en su matrimonio no eran dos, sino cuatro. Stephen. Ella. La enfermedad. Y la física.

En 1990 se separaron. En 1995 se divorciaron.

La historia suele recordar al genio que desafió el destino y cambió nuestra comprensión del universo. Y con razón. Pero rara vez se detiene en quienes sostuvieron ese camino cuando todo parecía imposible.

Años después, tras el final del segundo matrimonio de Stephen, él y Jane recuperaron la cercanía. Volvieron a compartir momentos familiares, sin reproches ni ruido.

Jane escribió sus memorias, se volvió a casar y siguió adelante. Su historia inspiró La teoría del todo.

Stephen Hawking vivió 55 años más de lo que los médicos habían pronosticado. Él mismo reconoció que Jane le dio algo esencial: una razón para vivir.

Tal vez ese sea el legado más profundo de esta historia. No una teoría. No una ecuación. Sino la certeza de que incluso las mentes más brillantes necesitan a alguien que las elija cuando quedarse es más difícil que irse.

Algunas historias de amor no terminan con aplausos. Terminan en silencio. Y por eso duran.

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