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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Mariela Castro, hija de Raúl Castro y figura prominente dentro del régimen cubano, se presenta públicamente como una defensora inquebrantable de la revolución y sus principios. Su discurso es combativo, especialmente su frase categórica de que «con el Imperio no se negocia». Esta expresión ha sido repetida con vehemencia en múltiples escenarios oficiales. Sin embargo, al analizar la realidad que rodea su vida personal y su estilo de vida, se revela una contradicción insostenible. Este hecho desnuda la hipocresía de sus palabras y la falsedad del poder que representa.
Mientras millones de cubanos enfrentan diariamente la carencia de servicios básicos, la falta de agua potable constante, apagones prolongados, racionamientos y largas colas para adquirir alimentos y medicinas, Mariela disfruta de un estilo de vida de privilegio. Este incluye múltiples propiedades lujosas con aire acondicionado central, ventanales amplios, seguridad privada y servicios ininterrumpidos de agua y electricidad. Además, sus residencias son auténticos palacios que contrastan brutalmente con la realidad paupérrima de la mayoría.

Sus viajes internacionales, lejos del control y la austeridad que se imponen al pueblo, le aseguran acceso a bienes y comodidades de las que carecen sus compatriotas. En un sistema que predica la austeridad y el sacrificio colectivo, su vida personal se convierte en la muestra palpable de que existe una casta privilegiada. Es un grupo de élites que no solo tiene acceso a lujos, sino que mantiene vínculos y beneficios invisibles para el ciudadano común.
Esta doble vida, entre discursos incendiarios contra el imperialismo y disfrute de los frutos materiales que ese mismo sistema o sus aliados ofrecen, revela una verdad incómoda. El poder cubano es una casta podrida que ha construido su privilegio a costa del sufrimiento de su pueblo. Así, la frase “con el Imperio no se negocia” se convierte en un mantra vacío cuando detrás de escena esa casta mantiene negociaciones, conveniencias y acuerdos para preservar sus intereses.
La verdadera prueba de su compromiso con la revolución y su pueblo sería abandonar los privilegios y vivir bajo las mismas condiciones que enfrentan la mayoría de los cubanos. Sin embargo, mientras eso no ocurra, la figura de Mariela Castro seguirá siendo símbolo de una élite corrupta y desconectada. Por lo tanto, su palabra carece de legitimidad.