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¿Por qué Nicaragua cambió la política de visado para los cubanos?

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Por Jessy Jaramillo ()

Managua.- La decisión del gobierno de Nicaragua de imponer visado a los ciudadanos cubanos, rompiendola retórica solidaria y los tratados de libre movilidad, no es un giro diplomático menor. Es un movimiento de pánico calculado y el síntoma más claro de que la cúpula orteguista sabe, con certeza absoluta, que su nombre está escrito con tinta roja en la lista de prioridades de la administración Trump.

Managua ha leído las señales: la doctrina de «amigos y enemigos» de Washington se está aplicando con una crudeza sin precedentes. El régimen, pese a su fachada antiimperialista, ha entrado en modo de supervivencia. El visado es, ante todo, una moneda de cambio ofrecida antes de que sea exigida.

El cálculo es simple y revela un pragmatismo inusual en la pareja presidencial. Durante años, Nicaragua funcionó como el trampolín logístico perfecto para el éxodo cubano hacia la frontera sur de Estados Unidos. Este flujo, que llegó a sumar cientos de miles, fue una válvula de escape para la crisis de La Habana. Además, fue una fuente de ingresos turbios para ciertos operadores dentro de Nicaragua.

Sin embargo, desde la óptica de Washington, se convirtió en un factor de desestabilización y en una prueba más de la complicidad del régimen orteguista con lo que califica como «estados canallas». Ortega y Murillo comprenden que, en la próxima ronda de sanciones, este éxodo puede ser el casus belli perfecto para un castigo devastador. Así, cerrar esa ruta es su manera de decir «ya no somos parte del problema».

La zaga Ortega Murillo detrás

Este giro no surge del corazón ideológico del FSLN histórico, sino de una nueva lógica de poder. Existen fuertes indicios de que la mano que guía este movimiento de «apagafuegos» diplomático pertenece a la nueva generación: los hijos del matrimonio presidencial. Laureano y Juan Carlos Ortega Murillo, aunque operen desde las sombras de empresas y fundaciones, son los arquitectos del capitalismo de Estado familiar. Pero también son los principales interesados en blindar los negocios de la dinastía de un embargo total.

Para ellos, la retórica revolucionaria es un lastre cuando se trata de proteger un patrimonio acumulado a la sombra del poder. Su enfoque es mercantilista: buscan preservar el status quo económico, aunque eso signifique traicionar gestos simbólicos con Cuba.

La medida del visado no es un acto aislado. Es el eslabón más visible de una cadena de gestos de apaciguamiento hacia Washington. Dicha cadena comenzó, de manera sintomática, con la discreta pero sostenida liberación de presos políticos.

Ambos movimientos —soltar opositores y frenar cubanos— están dirigidos al mismo auditorio: los halcones de la Casa Blanca y del Congreso estadounidense. El mensaje es tortuoso pero claro: «Podemos ser dóciles. Podemos ser útiles para controlar flujos migratorios. No nos pongan en la misma bolsa que Maduro». Es un intento desesperado de trazar una línea que los separe del «eje del mal» latinoamericano en la narrativa de Trump.

El pragmatismo temeroso

Sin embargo, esta estrategia contiene una ironía profunda y un riesgo mayúsculo. Al cerrar la puerta a los cubanos, Ortega y Murillo no solo diluyen uno de los pocos pilares restantes de su alianza con el castrismo. También exponen la naturaleza absolutamente transaccional de su poder. Demuestran que, cuando la presión es suficiente, su «solidaridad» es fungible.

Este pragmatismo temeroso puede comprarles un respiro en Washington. Sin embargo, es a costa de minar su ya erosionada legitimidad ideológica frente a su base más ortodoxa y de quemar un puente histórico con La Habana. Ahora Cuba se queda sin su ruta de escape más eficiente.

El futuro de esta jugada dependerá de si Washington la acepta como pago suficiente. Es probable que la administración Trump, siempre ávida de gestos de sumisión, archive temporalmente sanciones más duras. Pero todo esto será sin eliminar a Nicaragua de su lista de objetivos.

Managua habrá cambiado un activo estratégico (su papel como bisagra migratoria) por un poco de tiempo. El régimen, gobernado cada vez más por la lógica fría de sus vástagos, ha optado por la supervivencia del clan por encima de cualquier lealtad o principio. El visado para cubanos no es una política migratoria; es un seguro de vida, pagado con la moneda de la complicidad que una vez los unió a La Habana.

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