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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
La destrucción del tejido social y el cubano que quedó después.
Houston.- Abordar este tema no es sencillo. Hablar del individuo cubano actual, su deterioro interior, su confusión, su pérdida de rumbo, es entrar en un terreno complejo donde lo social, lo moral y lo psicológico se mezclan de forma inseparable. Cuba no solo ha sido empobrecida materialmente. Cuba ha sido desfigurada en su estructura humana.
La pregunta es tan simple como dolorosa: ¿Qué ha sido del cubano?
Las últimas generaciones no han crecido con un norte claro. Han nacido y madurado dentro de un sistema que sustituyó la verdad por consignas, el mérito por obediencia, la responsabilidad individual por dependencia, y la libertad por vigilancia. El resultado no podía ser otro: un ciudadano cada vez menos ciudadano, un individuo cada vez más reducido a sobreviviente.
Este fenómeno, que los especialistas deberán estudiar con rigor durante décadas, no se explica únicamente por la economía o por la política. Tiene raíces más hondas: la destrucción sistemática del “engrudo social” que une a una nación. Ese pegamento invisible, hecho de confianza, normas compartidas, respeto, decencia pública, aspiraciones y orgullo, fue triturado durante años hasta dejar una sociedad fragmentada, desconfiada, cansada, y moralmente exhausta.
Yo aquí no pretendo cerrar el debate. No es un tratado académico. Es un balance inicial: señalar causas esenciales y describir consecuencias visibles. Porque el cubano de hoy no es un accidente: es una construcción histórica.
Cuba tuvo una cultura social viva. Con defectos, como toda sociedad, pero con códigos. Existía la vergüenza pública como freno. Existía la aspiración personal como motor. Existía la idea de progreso. La familia era un núcleo de formación moral, y la nación, con todas sus contradicciones, era un horizonte de sentido.
El cubano podía ser pícaro, sí; podía ser ruidoso, sí; podía ser improvisador, sí. Pero había una base: el respeto a ciertos límites, el orgullo de valerse por sí mismo, el deseo de “echar pa’lante” con dignidad. La pobreza no era virtud, pero tampoco era destino impuesto. Y el futuro, aunque incierto, era posible.
Hoy, en cambio, vemos un cubano que ha sido empujado a un estado de degradación interior. No por naturaleza, sino por presión histórica. El régimen convirtió la vida cotidiana en una lucha por lo básico, y esa lucha permanente termina deformando la mente, el carácter y la conducta.
El hambre no solo vacía el estómago: vacía la conciencia.
El comunismo en Cuba no ha sido solo una estructura de control político. Ha sido un sistema de ingeniería social. Su objetivo no fue únicamente gobernar: fue modelar. Cambiar al individuo. Crear un tipo humano dependiente, temeroso, manipulable, incapaz de organizarse por sí mismo y, sobre todo, incapaz de pensar libremente sin castigo.
La consecuencia más grave no es el salario miserable, ni la ruina de la vivienda, ni la falta de alimentos. La consecuencia más grave es que el régimen destruyó tres pilares esenciales: la verdad.
Se educó a generaciones enteras en la mentira oficial. Se enseñó a repetir, no a razonar. Se castigó la crítica, se premió la simulación. Con el tiempo, esa práctica produce un daño profundo: el ciudadano se acostumbra a callar, a fingir, a hablar en doble código. El resultado es un ser humano que vive dividido: piensa una cosa, dice otra, y hace otra. Eso no es vida. Eso es desgaste psicológico.
La dictadura convirtió al Estado en el dueño de todo. Cuando todo depende del poder, el individuo deja de construir y se acostumbra a esperar. Se acostumbra a pedir, a suplicar, a mendigar. Y cuando la realidad lo golpea, cae en el resentimiento o en la apatía.
La dignidad pública.
La dictadura destruyó la idea de que existe un mínimo moral compartido. En Cuba se normalizó el abuso, la impunidad, el chantaje, el privilegio de los dirigentes, la corrupción como método de vida. Cuando eso se vuelve cotidiano, el ciudadano aprende una lección terrible: que la decencia es una desventaja.
Así se crea el gran veneno social: la desmoralización.
La palabra que define al cubano de hoy no es “revolucionario”, ni “patriota”, ni “opositor”, ni “apolítico”. La palabra más exacta es: sobreviviente.
Sobrevive el que inventa. El que roba. El que revende. El que “resuelve”. El que se humilla. El que acepta lo inaceptable. El que calla para no perder el trabajo. El que asiste a un mitin para no ser marcado. El que repite consignas para que lo dejen en paz. El que se va del país, aunque se le rompa el alma.
Este estado permanente de supervivencia produce varios efectos: desconfianza social: nadie cree en nadie. Individualismo extremo: “sálvese quien pueda”. Pérdida de la solidaridad real: la solidaridad se vuelve discurso. Pérdida del sentido de comunidad: la nación se fragmenta.
Desarraigo: el país deja de sentirse como hogar. Cansancio moral: la gente deja de indignarse. El régimen ha logrado algo terrible: no solo empobrecer, sino acostumbrar a la miseria. Y cuando un pueblo se acostumbra, el poder se fortalece.
En este contexto, el embotellamiento intelectual no es una casualidad. Es el producto de décadas donde pensar fue peligroso. Donde opinar fue delito. Donde la cultura se convirtió en propaganda. Donde el debate desapareció y fue sustituido por consignas vacías.
Una sociedad no se sostiene únicamente con economía. Se sostiene con confianza, normas, instituciones, respeto a la ley, y una mínima moral compartida. En Cuba, ese “engrudo social” fue demolido.
Se demolió cuando se destruyó la propiedad y se castigó el emprendimiento.
Se demolió cuando se persiguió la religión, la prensa libre y el pensamiento independiente.
Se demolió cuando se dividió a la nación entre “revolucionarios” y “enemigos”.
Se demolió cuando se sembró el miedo como método de gobierno.
Se demolió cuando se convirtió al ciudadano en informante potencial.
Se demolió cuando se normalizó el odio político.
Una sociedad sin engrudo social se vuelve una masa: no un pueblo. Y una masa es manipulable.
El comunismo no solo destruyó la economía cubana. Destruyó el suelo moral donde crece un país.
Consecuencias para la Cuba futura
Aquí aparece el punto más delicado. Porque muchos creen que la caída del régimen resolverá automáticamente los problemas. No será así.
Cuando Cuba sea libre, porque lo será, el desafío no será únicamente reconstruir carreteras, hospitales o salarios. El desafío mayor será reconstruir el ser humano que quedó.
el respeto a la ley
la confianza entre ciudadanos
el sentido de comunidad
la cultura del mérito
la responsabilidad individual
la idea de verdad
la dignidad pública
Y eso no se logra con decretos. Eso se logra con un proceso largo, doloroso y consciente.
El daño psicológico de una dictadura prolongada no desaparece al día siguiente. La mentira aprendida, la doble moral, el miedo, la resignación, la corrupción normalizada, la apatía… todo eso queda como herencia tóxica.
Por eso, el futuro de Cuba no dependerá solo de la economía o de la política. Dependerá de una batalla más profunda: la batalla por la recuperación del alma nacional.
Asi las cosas, Cuba está ante una disyuntiva histórica. No se trata únicamente de cambiar un gobierno. Se trata de revertir un proceso de demolición humana.
El comunismo cubano no fue capaz de producir prosperidad. No fue capaz de producir pan. No fue capaz de producir justicia. Pero sí fue capaz de producir algo: un deterioro moral extendido, una fractura social profunda, y un ciudadano debilitado por décadas de miedo y escasez.
Este trabajo no busca insultar al cubano, sino explicar su tragedia. El cubano no nació así. Fue llevado a esto. Fue empujado. Fue deformado.
Y precisamente por eso, la Cuba futura, libre y sin comunismo, tendrá una tarea histórica monumental: reconstruir no solo un país, sino al ser humano cubano, devolviéndole lo que le arrebataron durante décadas: la verdad, la dignidad y la libertad.