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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- En Venezuela quedó demostrado que la Casa Blanca hizo todo lo diplomáticamente posible para evitar sacar a Nicolás Maduro de su madriguera a la fuerza, con ofertas que hubieran permitido su salida de forma “digna”, con dinero y garantías para su familia, pero que el régimen eligió la ofensa, la amenaza y el atrincheramiento ideológico. El resultado final ya lo conocemos: Maduro terminó capturado y fuera del poder.
Ese mismo esquema, la oferta de diálogo con una salida acordada, es el que hoy se repite en Cuba. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha insistido en que el gobierno de EE. UU. está manteniendo contactos y negociaciones con La Habana, y ha pedido “prudencia” al régimen cubano en sus declaraciones públicas, asegurando que Washington apuesta por la diplomacia y el diálogo.
Sin embargo, desde el gobierno cubano, en especial por boca de su viceministro de Relaciones Exteriores, se sostiene que no hay negociaciones formales actualmente, y que el sistema socialista, la economía estatal y la soberanía nacional no están en juego ni se negocian con EE. UU.
Este rechazo a sentarse a una mesa con condiciones más flexibles recuerda mucho lo que ocurrió en Venezuela: cuando se rehúsa negociar bajo términos que podrían haber salvado estructuras, y vidas, terminan quedando atrapados en su propia retórica.
Hoy, el régimen cubano se atrinchera, amenaza al gobierno americano y asusta al pueblo con discursos sobre guerras fratricidas y “bloqueos” externos, mientras la isla sufre cortes de energía, escasez de combustibles y una crisis económica profunda.
La pregunta que queda en el aire para todos los pueblos de América Latina es simple: ¿Se puede aprender de la experiencia venezolana para evitar otro desastre humanitario y político? Porque cuando un gobierno elige la confrontación por encima del diálogo, termina pagando las consecuencias, y no siempre el costo lo paga quien tomó la decisión, sino quien nada debe y a todo le teme.