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El océano estaba en calma. Hasta que dejó de estarlo.
Octubre de 2004. Frente a Ocean Beach, en Whangarei, Nueva Zelanda, el salvavidas Rob Howes nadaba junto a su hija Niccy. Nada fuera de lo común. Agua abierta, rutina, confianza.
Entonces ocurrió algo extraño.
Una manada de delfines apareció de repente y comenzó a rodearlos. No pasaban de largo. No jugaban. Se cerraban. Una y otra vez empujaban a padre e hija en una misma dirección: hacia la orilla.
Rob, acostumbrado al mar, entendió que aquello no era normal.
Los delfines formaron un círculo compacto. Nadaban rápido, golpeaban el agua con la cola, se interponían entre los humanos y algo que aún no podían ver. Durante largos minutos, no se separaron.
Fue entonces cuando apareció.
Un gran tiburón blanco, de unos tres metros, se movía cerca de ellos.
Durante treinta o cuarenta minutos, los delfines mantuvieron la formación. No atacaron. No huyeron. Se coordinaron. Cada movimiento parecía calculado para mantener al depredador a distancia. Solo cuando el tiburón se alejó definitivamente, la manada se abrió.
Rob y Niccy regresaron a la orilla sin una sola herida.
No fue un accidente. Tampoco un mito romántico. Socorristas y testigos confirmaron lo sucedido. El comportamiento encajaba con algo que la ciencia ya ha observado en otras ocasiones: la compleja inteligencia social de los delfines y su capacidad para actuar en grupo, incluso protegiendo a otras especies.
En el océano, el gran tiburón blanco es el máximo depredador.
Aquel día, decidió no acercarse.
Y dos humanos regresaron a casa porque un grupo de animales entendió el peligro antes que ellos y actuó en consecuencia.
A veces, la naturaleza no solo muestra fuerza.
También muestra elección.