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Por Loquillo Cubano ()

La habitación está en penumbra, como si el aire también tuviera miedo de hablar. Afuera, La Habana suena lejos: un motor que tose, un perro que ladra sin fe, una radio con estática como si estuviera rezando. Adentro, en cambio, todo es susurro y tela pesada.

Raúl está recostado. No parece un hombre: parece una institución con fiebre. En la mesita, un vaso de agua intacto. Nadie bebe cuando el guion está escrito.

Alejandro entra sin prisa. Trae esa cara de quien ha pasado la vida aprendiendo a no parpadear frente a cámaras que no están, y a escuchar conversaciones donde la palabra “conversación” es una cortesía.

Raúl le hace un gesto mínimo con dos dedos. Eso basta. Aquí nunca hizo falta levantar la voz; el poder, cuando envejece, se vuelve silencio con mando a distancia.

—Acércate… —dice Raúl, como si el aire le costara impuestos.

Alejandro se sienta. Se inclina. No por afecto, sino por protocolo. Al fondo, un retrato de Fidel mira como quien no perdona ni el polvo.

Raúl lo observa con una mezcla rara: cansancio y cálculo. Y entonces suelta, despacio, como quien entrega una llave oxidada:

—Tú sabes lo que está en juego.

Alejandro asiente, pero en sus ojos hay una pregunta que no se atreve a nacer.

Raúl carraspea.

—Mira… nosotros mantuvimos esto años… con paciencia, con mano dura y con diplomacia de pasillo. ¿Te acuerdas cuando aquello con los americanos? —lo dice sin decirlo del todo, como si “2013–2014” fuese un santo que se invoca bajito—. Canales discretos. Gente seria. Nadie tuiteando heroísmos.

Alejandro baja la mirada, porque entiende: lo de entonces fue un acto de ilusionismo. Y en el ilusionismo, lo importante no es la magia… es que el público no vea la cuerda.

Raúl continúa, con un filo que todavía corta:

—Pero vino DC… y lo echó por tierra.

Lo dice como si “DC” fuese una mala inversión: un activo que prometía estabilidad y terminó en pérdidas, y encima sin auditoría.

Alejandro se acomoda. Sabe que no debe preguntar quién paga la factura. Aquí la factura siempre la paga el país y el recibo lo firman otros.

Raúl sonríe, una sonrisa mínima, de esas que no se sienten en la cara sino en el miedo:

—Necesito que rehagas lo que se rompió. Que vuelvas al arte viejo: hablar sin hablar, negociar sin parecer que negocias, respirar sin que se note.

—¿Con quién? —se le escapa a Alejandro, apenas.

Raúl lo mira como si Alejandro acabara de hacer una pregunta ingenua en una misa.

—Con los que haya que hablar… pero recuerda lo que está pasando ahora: dicen “hay comunicación”, pero no “diálogo”. ¿Entiendes la diferencia? —y al decirlo, se oye Reuters y AP flotando como fantasmas educados: contacto sí, mesa no; mensajes sí, foto no.

Alejandro traga seco. Hay una ironía cruel en todo aquello: el destino del país reducido a un “sí, pero no” diplomático.

—Y si preguntan… —Raúl levanta un dedo, como quien dicta una ley no escrita— tú no estuviste. Tú no existes. Tú eres la sombra que firma sin firmar.

Alejandro mira el vaso de agua. Intacto. Piensa que eso es Cuba: algo imprescindible, siempre cerca, y sin embargo intocable.

—Padre… —dice, y le sale más humano de lo que le conviene— ¿y si ya no se puede recomponer?

Raúl suelta una risa bajita, casi una tos con sentido del humor.

—Mijo, en este país siempre se puede recomponer… lo que no se puede es admitir que se rompió.

Pausa. El cuarto se aprieta.

Raúl le toma la mano con una fuerza sorprendente para un cuerpo cansado. Y ahí, por un segundo, no es el general, ni el sistema, ni el apellido: es un viejo que no quiere que lo recuerden como el que soltó el hilo.

—Escucha bien… —susurra—. A ti te toca la parte fea: volver a poner orden sin parecer orden, prometer sin prometer, abrir sin que se note el portazo.

Alejandro asiente otra vez. Una obediencia que parece hereditaria.

Y entonces Raúl lo acerca más, como en una confesión de película mala pero verdadera, y le suelta la frase como un sello final, un mantra de familia, una advertencia con perfume de sentencia:

—Recuerda…en silencio ha tenido que ser… somos hombres color del silencio.

Alejandro traga. Afuera, el motor vuelve a toser. La radio insiste con su estática. Y en la penumbra, el retrato del fondo parece sonreír, como si el chiste más largo del país acabara de encontrar otro narrador.

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