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Por Joel Fonte ()
La Habana.- Lo que vimos ayer constituye una radiografía que condensa la incompetencia, la corrupción moral y la criminalidad de una dictadura que desprecia el sufrimiento de la mayoría del pueblo cubano.
«Conferencia de prensa del presidente cubano con periodistas nacionales y extranjeros». Así anunció el régimen castrista la farsa supuesta de la mañana del jueves en La Habana, que, sin embargo, había sido grabada antes.
¿Qué presidente? ¿Qué prensa extranjera? Ni hay un presidente democráticamente electo en Cuba, ni el que describen como presidente tiene poder real alguno. Tampoco escuchamos hoy a un representante de la prensa libre extranjera.
Díaz-Canel es el mayordomo del poder de Raúl Castro y de la cúpula militar que rodea al dictador heredero de Fidel Castro. Un mayordomo, por demás, que ha demostrado una absoluta incompetencia y amoralidad en su función de administrador.
En lo que sí ha demostrado audacia sobrada, además de procurarse confort, es en su cinismo y en el odio que destila cada vez que habla.
Uno de los pasajes más desvergonzados de su monólogo —frente a esos practicantes mercenarios que ellos llaman ridícula y descaradamente «periodistas»— fue decir que «el partido comunista no representa solo a sus militantes, sino a todo el pueblo cubano».
Es cierto que no es la erudición precisamente lo que identifica a este señor, pero hasta un cretino salvaje que viva una primavera en Cuba descubre que el pueblo cubano es rehén de ese partido, y no parte consciente de él.
Un partido único, además, que no funciona como una organización política, sino como una estructura criminal, como un tentáculo del aparato represivo que es la dictadura.
Podría escribir horas, pero creo que la idea que resume lo ocurrido es que cada vez se muestra más al desnudo que estamos ante individuos que han asaltado el poder como pedestal para el lucro, para el robo, para el crimen; no ante políticos u hombres de vergüenza.
Y a truhanes, a bandidos así, no se les pide complacientemente que entreguen las llaves de su negocio y se marchen. A esos bandidos se les arroja del poder como único camino a la libertad de la nación cubana. Y se les arroja con valor propio, y no esperando a que alguien venga de afuera y lo haga.