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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- La reciente comparecencia de Miguel Díaz-Canel en la televisión nacional, presentada como “conferencia de prensa”, fue un acto de propaganda y evasión. Más de dos horas de discurso vacío, donde el presidente mostró su total divorcio con la realidad del país.
No habló del hambre real, del derrumbe de los servicios, del colapso hospitalario, de la desesperación en las calles, ni del éxodo que desangra a Cuba. Habló de planes futuros, de promesas recicladas y de un optimismo artificial que ofende.
Dijo que la canasta básica tendrá que cambiar, que los municipios deberán resolver la alimentación, que el crudo nacional será la base de la supervivencia cuando se logre refinar, que los parques fotovoltaicos permitirán incluso exportar electricidad, y que el Partido jugará un papel esencial en la transformación del país.
Todo ello sonó como un relato de otro mundo. Porque la Cuba real no vive de discursos: vive de apagones, de colas interminables, de salarios pulverizados, de comida inexistente y de una angustia que ya es crónica.
Pero lo más alarmante no fue el cúmulo de frases huecas, sino una confesión disfrazada: “vendrá una situación que exigirá medidas extremas”. Esa frase es la señal más peligrosa de toda la intervención. En lenguaje de dictadura, “medidas extremas” significa lo de siempre: más recortes, más restricciones, más castigos económicos, más control, más represión y más miseria.
El régimen prepara el terreno para descargar sobre la población el costo de su propio fracaso. Y como siempre, intentará justificarlo culpando al “imperialismo yanqui”. Ese viejo recurso, gastado y miserable, sirve para esconder la verdad esencial: la ruina de Cuba no es un accidente externo, es el resultado directo del modelo comunista.
No existe bloqueo que explique que un país fértil no produzca alimentos. No existe bloqueo que explique la destrucción de la industria y la agricultura. Y tampoco existe bloqueo que explique la corrupción estatal, el parasitismo político y el colapso total de la gestión pública.
La responsabilidad recae en el Partido Comunista, en su monopolio absoluto, en su incompetencia estructural y en su desprecio por el ciudadano. El sistema no está diseñado para producir, sino para controlar. No está diseñado para servir al pueblo, sino para sobrevivir.
Lo que vimos en televisión fue un presidente sin soluciones reales, sosteniendo un libreto agotado, preparando al país para un endurecimiento del desastre. Cuba no necesita más propaganda ni promesas: necesita libertad, instituciones democráticas, alternancia en el poder y un gobierno que rinda cuentas.
Lo demás es humo. Y cuando un presidente anuncia “medidas extremas” ante un país en ruinas, no está gobernando: está preparando el golpe final contra el pueblo.