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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Cuando el gobierno cubano anuncia con estridencia sus “planes de contingencia” para enfrentar las medidas de presión de la administración Trump, hay una pregunta que se formula en voz baja en cada cola y cada hogar sin luz: ¿contingencia para quién?

La historia reciente ofrece una respuesta demoledora: toda medida de “enfrentamiento” diseñada por la nomenclatura castrista tiene un mecanismo de transmisión directo e inmutable: el costo siempre, invariablemente, recae sobre el ciudadano común.

Mientras el aparato propagandístico vocifera que las sanciones estadounidenses “atacan al pueblo”, silencia que sus propias contramedidas son el instrumento perfeccionado para descargar sobre las espaldas agotadas de la población el peso de una lucha que solo libra la élite para preservar sus privilegios.

La retórica oficial sobre el “bloqueo” y su impacto es un monumento al cinismo. Porque la verdadera prueba de fuego, la única que no admite mentiras, es la de los estómagos y las despensas. Y en ese examen, la evidencia es irrefutable: en sesenta y siete años de revolución, de “períodos especiales”, crisis y escasez, nunca un miembro de la familia Castro, de su círculo íntimo de generales o de la aristocracia burocrática del Partido, ha padecido hambre. 

Nunca les ha faltado combustible para sus caravanas, ni medicinas de alta gama en sus clínicas exclusivas, ni el derecho a educar a sus vástagos en las mejores universidades de Europa o Canadá. Sus vacaciones nunca han dependido de la libreta de racionamiento, sino de llaves a villas de lujo en Varadero, islas privadas o en el extranjero.

Los culpables están dentro

Detrás de la fachada gastada del socialismo de estado, opera una maquinaria de capitalismo depredador para iniciados. Mientras se predica la austeridad, figuras históricas como el propio moribundo Guillermo García Frías o el casi muerto Ramiro Valdés, junto a la extensa progenie de los Castro y su cohorte, no solo manejan las empresas estatales estratégicas, sino que tienen una red de testaferros y socios comerciales en el exterior que administran sus fortunas.

Ellos son los verdaderos magnates de Cuba, una clase dominante enquistada en el poder que ha convertido la miseria nacional en el caldo de cultivo de su enriquecimiento ilícito y su blindaje personal.

Por ello, la narrativa que presenta a Trump como el gran victimario del pueblo cubano no es solo falsa; es una distracción perversa. El embargo, con toda su dureza, es un factor externo.

El hambre, los apagones, el colapso sanitario y la desesperanza son, ante todo, productos de fabricación nacional. Son el resultado directo de un modelo económico fallido, de una corrupción sistémica y de una prioridad política invariable: sacrificar el bienestar colectivo en el altar de la permanencia en el poder.

Culpar a Washington es el truco retórico más viejo del manual castrista, útil para esconder su propia y abyecta responsabilidad.

El de abajo seguirá pagando las cuentas

Así, los “planes de contingencia” no son más que el manual de instrucciones para una nueva etapa de sacrificio desigual. Implicarán más racionamiento para el pueblo, más control sobre los magros ingresos de las familias, más represión para acallar el descontento, y más, muchos más, apagones.

Mientras, los privilegiados del régimen seguirán accediendo a sus cuentas en divisas, a sus suministros especiales y a sus rutas de escape. Así que la llamada “contingencia”, cuyas medidas se anunciarán pronto, es, en la práctica, la batalla por que la ciudadanía pague, una vez más, la factura de la resistencia de sus opresores.

En consecuencia, dejar de mentir sobre Trump es el primer paso para una honestidad nacional que urge. Los verdaderos arquitectos de la miseria cubana tienen nombre y apellido, y ocupan mansiones en Cubanacán, direcciones generales en ministerios y sillas en el Politburo, desde donde han gobernado por 67 años con un solo proyecto: el suyo propio.

Mientras el pueblo sufre una contingencia permanente, ellos viven en una bonanza eterna. La pregunta, por tanto, no es cómo enfrentarán las sanciones, sino cuánto más podrá resistir un pueblo esclarecido esta monumental y sangrante injusticia. La verdadera contingencia es la que vive a diario la nación; la de ellos, la de los dueños de Cuba, es solo un problema de logística para mantener intactos sus privilegios.

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