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Las cuentas del infierno

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Por Renay Chinea ()

Barcelona.- El día que murió el Negro Gordo sentí una mezcla de alivio y algo de rabia. Ese negro, con uniforme, gorra de chofer de la empresa, distintivo y placa, me hizo pasar un mal rato una tarde. Yo tendría unos 10 años, y mi madre, ese día, me dio unos dinerillos para que fuera al pueblo a tomarme un helado.

Así es que me fui a la parada. Llegó el autobús y, cuando fui a pagar, había extraviado la puta peseta. Busqué y rebusqué en los bolsillos y nada. Encima, no tenía más monedas y, por esas leyes absurdas, el ómnibus no daba cambio para el billete de a peso que yo tenía para el helado. En medio del percance, se levantó de su asiento el Negro Gordo: «—¡Te bajas ahora mismo y ya está! —me dijo, levantando la voz».

Yo estaba algo atropellado. No aceptaba aún que había perdido la moneda. En la hora larga que había estado esperando, la busqué varias veces en mi bolsillo y allí estaba. «—¡Que te bajes y punto! —me gritaba el negro delante de todos». Así que empecé a bajar los escalones. Pero en ese momento, una señora llegaba tarde. Era flaca, rubia, de espejuelos dorados y entrada en años. Al cruzarse conmigo en el estribo, escuchó los gritos.

«—Ay… pero si es el niño más chiquito de Dinorah —dijo, cariñosa». «—¡Chiquillos de mierda que no quieren pagar el pasaje! —dijo el Negro, como disculpándose». En ese momento sentí mucha vergüenza. Sentí el deshonor de ser acusado de lo que no pasaba. Solo quería desaparecer de allí. Pero la vieja Lina quería preguntarme algo de mi madre… mientras le daba al chofer dos monedas. El Negro Gordo ahora me sonreía. Y yo no entendía nada; no sabía que, en medio de mi turbación, estaba asistiendo a la gran enseñanza de la neurosis humana.

Todo es aprendizaje de cosas dolorosas. Primero te enteras de que hay un triángulo con una pata recta. Y luego, de que, como esa pata cae recta, los otros lados van a estar relacionados. Y después, de que, si están relacionados, lo seguirán estando en su condición cuadrática. ¡Qué sé yo! Uno no para nunca de aprender. Todo es un aprendizaje que se va complicando en una escala mayor, en medio del gran malentendido humano. Solo sé que, aún a mitad de viaje, mientras Lina me hablaba, seguía abochornado. No se me quitaba el nudo de la garganta.

Y como este cuento no va del Negro Gordo, les digo rapidito que el Negro Gordo murió a los tres días. Ni siquiera pude guardar la esperanza de encontrarlo alguna vez, ni desearle que lo partiera un rayo o lo chocara un tren. Simplemente se murió. Iba yo con mi padre por el pueblo unos tres días después, y alguien le dio la noticia. Venía de la funeraria y yacía tendido en su caja, creo que a causa de un infarto.

Esta semana, una antigua amiga —y aquí empieza el cuento— me escribió desde un país lejano: «Bárbara ha muerto». La noticia de Bárbara me llevó a aquella tarde en que mi padre me llevó a ver al muerto. Después de la noticia, me llevó hasta la funeraria en la calle Heredia y tomó mi mano. Yo hice por negarme. No para negarme del todo, sino para explicarle algo a mi padre. Pero todo el mundo se daba el pésame y no tuve ocasión de decirle nada. Igual, me frené a la entrada y salí hacia la calle. Mi padre intentó buscarme y no me encontró. Me vio en la calle y salió a buscarme de vuelta.

Les decía que Bárbara Veloz ha muerto. A esta hora está tendida en Cumanayagua el cadáver de un ser diabólico, el personaje de la psicópata que Luigi Pirandello andaría buscando. Mi educación fue más o menos bien hasta que di con ella. Hasta que di con ella como directora del preuniversitario y me dio por enamorarme de la Negra Canela. Eso… ella —la abominable directora, Bárbara Veloz— me lo iba a hacer pagar con saña.

El comunismo es una aberración escatológica donde los seres, despojados de dioses y mitologías, mueren a la altura de los excrementos, pero el sistema se encarga de que ocupen en su vida posiciones estratégicas. En ese sentido, los comunistas son argonautas venidos de un lugar fuera de la tradición de Occidente. Uno los ve, los observa entre nosotros y se hace una de las preguntas más recurrentes del siglo XX: ¿De dónde han salido estos mamarrachos?

Desde que el mundo es mundo, dos jóvenes se han apartado a mirarse a los ojos con vehemencia, a ser jóvenes. De Grecia a hoy, pasando por el ancho río de la Edad Media, conocimos historias similares a la mía y mi mulata canela. Cuando se enamoran Eurídice y Orfeo, a ella la muerde una serpiente y muere, pero él tocaba tan bien su lira que el mismísimo dios del inframundo se conmueve y le permite bajar a los infiernos a rescatar a su amada. La Abominable era peor que Hades, el rey de los infiernos. En el mito romano, Píramo y Tisbe son lo de siempre: dos jóvenes amantes que se apartan. Hasta que se conocieron, las moras fueron siempre blancas —níveas—, las describe Ovidio. Pero, tras un equívoco que desencadena la muerte del amante, ella suplica a los dioses descansar para siempre con su amado, aún más allá de la muerte… y se clava el mismo puñal con que él se había quitado la vida. Y los dioses, conmovidos por la desgracia, permiten que los cuerpos de ambos sean incinerados juntos… y con la sangre de los amantes tiñeron de púrpura las moras para siempre.

Occidente fue siempre ese lugar donde la tragedia encontró la redención en la armonía y la belleza. El empobrecimiento comunista ha roto con ello. En tanto dejó a los hombres descalzos y sin dignidad, también les suprimió la belleza del mito. En cuanto los empobrecía en carne y hueso, también los disminuyó en espíritu. Por eso Kundera aniquila su estulticia poniendo de ejemplo los mitos griegos: «Si os habéis equivocado, ¿por qué no hacéis como Edipo y os arrancáis los ojos?» —les dice en La insoportable levedad del ser.

Por eso, ahí estaba yo, enfrentándome a Bárbara: «—¿Por qué te escapaste con Canela hacia Piedra Redonda? —me preguntó». «—Porque la amo —le respondí». Y a ella se le desconfiguró el rostro en una mueca, mientras daba golpecitos con el culo de un bolígrafo en la palma de su otra mano. «—¿Qué hacías el otro día, que los vieron a los dos escondidos bajo una chaqueta besándose?». «—¡Besándonos!». «—Hasta tienes el pelo muy largo… ¿por qué? —me recriminó». «—Porque me crece —le respondí, y ella se encabritó por completo». «—¡Sáquenlo de mi vista! —dijo…! ¡Tú me las vas a pagar!».

Un año después, después de que me expulsó de la escuela donde quedó mi mulata canela, llegó su venganza. Cuando acabé el preuniversitario en otra escuela, ella envió mis notas para redondear mi promedio a fin de curso, y en todas y cada una me rebajó el promedio. Gracias a ella, no pude acceder a ninguna carrera universitaria y me vi yendo a un Comité Militar, donde me reclutarían para mandarme a la guerra. Y le dije que no. Dije «no» a mi padre aquella tarde en que me obligaba a ver el cadáver del Negro Gordo. Me agarró con sus manazas por mis antebrazos y me pidió que no lo hiciera pasar vergüenza, que el Negro era un conocido de confianza y que qué iba a decir el pueblo.

Le quise hablar y se me cerró la garganta. Sentí lo mismo que cuando iba junto a Lina, y ese sentimiento me llenó de tristeza. Él me soltó las manos para que me secara una lágrima, y aproveché y salí corriendo. Me senté en un murito junto al cine mientras mi padre volvía. Le expliqué todo lo que me había pasado tres días antes, y mi padre, que era impredecible, se encajó su sombrero e hizo un ademán como para volver a la caja. Me tomó cariñosamente la mano y caminamos rumbo al parque: «—¡Qué clase de hijueputa…! —me dijo, molesto».

En el Comité Militar también dije que no, que no me iba a ninguna guerra, que mandaran a los hijueputas del gobierno. Hoy está tendida Bárbara Veloz. Murió la psicópata. Ojalá ella y el Negro se vayan al infierno… Después, mi padre me llevó a tomar un helado.

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