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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Aleida Guevara March nació en el corazón mismo del poder revolucionario cubano. No llegó al mundo como una ciudadana más, sino como hija de uno de los símbolos más explotados por la propaganda del régimen: Ernesto “Che” Guevara. Ese hecho, que no es una elección personal, marcó sin embargo el rumbo real de su vida. No la culpamos por su origen. Sí la responsabilizamos por lo que ha hecho con él.
Mientras el ciudadano cubano común ha sobrevivido durante décadas entre la escasez, el racionamiento y el encierro, Aleida Guevara ha disfrutado de una vida que desmiente el discurso de “igualdad” que dice defender. Con un salario formal de médica —insuficiente para cubrir necesidades básicas en Cuba— ha viajado por América Latina, Europa, Asia y África, participando en congresos, giras políticas y misiones “solidarias”, siempre con pasaporte privilegiado, viáticos garantizados y acceso a una movilidad vetada al resto del país.

Ese contraste no es casual ni anecdótico: es estructural. El castrismo creó una casta intocable, una aristocracia ideológica que vive del apellido, del cargo o de la fidelidad política. Aleida Guevara pertenece a esa élite. No al pueblo que hace colas interminables por un pedazo de pan, sino al reducido grupo que nunca ha sufrido las consecuencias reales del sistema que defiende.
Durante años, ha justificado la represión, ha minimizado el exilio, ha negado el hambre y ha repetido con disciplina el libreto del poder. Ha defendido a quienes encarcelan jóvenes por pensar distinto, a quienes golpean mujeres en la calle, a quienes han destruido la economía y la esperanza de una nación. No desde la ignorancia, sino desde la comodidad.
No tiene la culpa de ser hija del Che. Pero sí es responsable de defender el odio que lleva dentro: odio al disidente, al exiliado, al que no repite consignas. Es culpable de su ceguera política, de amar —o fingir amar— a los verdugos del pueblo cubano mientras disfruta de una vida blindada contra la miseria que ellos mismos provocaron.
La historia no juzga apellidos: juzga conductas. Y en ese tribunal moral, la máscara de la revolución cae para revelar la víbora que se alimenta del dolor de su propio pueblo. Que cada cubano tenga presente que no hay privilegio ni sangre que justifique la traición a la dignidad ni el encubrimiento del horror.