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Por Yeison Derulo
La Habana.- No se ha vuelto a hablar de Assel Herrera Correa y Landy Rodríguez Hernández. Los médicos cubanos desaparecieron del discurso oficial con la misma facilidad con la que un apagón borra a un pueblo entero del mapa. Un día estaban ahí, cumpliendo “misiones internacionalistas”, y al otro pasaron a ser un asunto incómodo, de esos que el régimen mete debajo de la alfombra para que nadie tropiece con la verdad. El silencio ha sido absoluto, quirúrgico, calculado. Como si nunca hubieran existido.
Bruno Rodríguez, alias «Condeneitor», está por Vietnam. Un canciller con cinco dedos de frente, vuela a Kenia y muestra preocupación por sus compatriotas. No lo va a hacer. Anda en otras cosas. Además, para el régimen, esos muchachos murieron y jamás se preocuparon por regresarlos con vida.
Uno no puede evitar pensar en la familia. En esas madres que se levantan todos los días con la duda atravesada en el pecho, sin saber si sus hijos están vivos o muertos, si comen, si duermen, si alguien los tortura o si ya no respiran. No hay peor castigo que la incertidumbre. No hay cárcel más cruel que no tener un cuerpo, una llamada, una fe de vida. Mientras tanto, el Estado que los envió mira para otro lado y sigue vendiendo el cuento de la potencia médica.
Lo más miserable de todo es que el caso se ha ido apagando justo cuando la dictadura atraviesa su momento más crítico desde 1959. Un país en ruinas, un pueblo harto, un sistema que hace agua por todos lados… y aun así, ni una palabra sobre ellos. Ni una nota, ni una explicación, ni una muestra mínima de humanidad. En Cuba la vida vale poco y la verdad vale menos, sobre todo cuando puede comprometer al poder.
Assel y Landy son hoy símbolos de algo más grande: del abandono, de la mentira institucional, de un régimen que usa a sus ciudadanos como mercancía y luego los desecha. El silencio no es casual, es política de Estado. Y mientras no se hable de ellos, mientras no se exija saber dónde están y qué fue de sus vidas, la herida seguirá abierta. No solo para sus madres, sino para un país entero que ya aprendió que aquí desaparecer también es una forma de morir.