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El exilio cubano: Dignidad, mérito y la derrota moral del poder

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- El exilio cubano no es una fuga ni una anécdota histórica: es un acto de conciencia. Es la decisión extrema de quien comprende que vivir sin libertad es una forma lenta de extinción. Cada cubano que partió lo hizo desgarrándose, dejando atrás no solo una geografía, sino una biografía completa: padres, hijos, casas, tumbas, afectos, memoria.

Nadie abandona su patria por comodidad; se va cuando permanecer exige renunciar a la dignidad.

Durante más de seis décadas, el poder ha intentado degradar el exilio llamándolo traición. Sin embargo, ningún régimen que se diga legítimo expulsa a millones de sus ciudadanos. Ningún proyecto que se proclame humano vacía su país de jóvenes, profesionales, científicos, obreros calificados y familias enteras.

El exilio cubano es, por su magnitud y persistencia, la prueba irrefutable del colapso ético y estructural del modelo impuesto.

El sostén de la nación

Lejos de cultivar resentimiento, el exilio cubano ha demostrado una capacidad extraordinaria de reconstrucción moral y material. Allí donde llegó, trabajó; donde trabajó, creó; donde creó, aportó.

Médicos, ingenieros, maestros, artistas, técnicos, emprendedores: cubanos que, sin privilegios ni tutelas, levantaron nuevas vidas con disciplina, talento y sacrificio. Su éxito en libertad desmiente de raíz el relato de la incapacidad que durante años fabricó la propaganda oficial.

Pero hay un mérito aún más profundo y menos visible: el exilio ha sido el sostén silencioso de la nación cautiva. Durante décadas ha alimentado, vestido, medicado y protegido a millones de familias que quedaron atrapadas en la isla, convertidas en rehenes de un sistema incapaz de garantizar lo esencial.

Sin las remesas, la ayuda constante y el sacrificio cotidiano del exilio, la catástrofe humanitaria sería absoluta. El poder que lo insulta en público subsiste gracias a él en privado: una contradicción moral imposible de justificar.

Con el exilio, no a pesar de él

El exilio también ha sido memoria activa y conciencia histórica. Mientras dentro se imponía el silencio por miedo, fuera se preservó la verdad. Archivos, testimonios, nombres de víctimas, fechas borradas, denuncias ante el mundo: todo ha sobrevivido porque hubo quienes se negaron a olvidar. El exilio no ha pedido venganza; ha exigido justicia. No ha promovido el odio; ha defendido derechos. No ha sembrado caos; ha reclamado legalidad.

Más allá de lo político, el exilio ha salvado algo esencial: la continuidad moral de Cuba. Demostró que la nación no se reduce a un aparato de poder ni a una ideología impuesta. Cuba vive en sus valores, en su cultura, en su vocación de convivencia, en la ética del trabajo, en la familia que resiste la separación, en el abuelo que sueña con volver a pisar una tierra libre, en el hijo nacido fuera que ama una patria que no ha visto pero reconoce como suya.

El exilio cubano no odia a Cuba: la resguardó del vaciamiento moral. La protegió de ser reducida a consignas, miedo y obediencia. El día en que la libertad regrese a la isla, no lo hará desde la nada, sino con el respaldo de una diáspora formada, experimentada y comprometida, capaz de reconstruir sin rencor, pero sin amnesia.

Por eso, el exilio cubano no es una herida vergonzante: es una reserva de dignidad histórica. No es el fracaso del pueblo, sino la derrota del poder. No es el final de la nación, sino una de las garantías de su renacimiento.

Cuba no será libre a pesar del exilio. Cuba será libre gracias al exilio.

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