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El fin de la guapería: cuando el miedo se viste de uniforme verde olivo

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Por JOrge Sotero ()

La Habana.- La retórica rugiente del castrismo, ese cascarón de bravuconería pulido durante seis décadas en escenarios internacionales, acaba de estrellarse contra el muro de una realidad geopolítica. De pronto, como por arte de magia —o, más bien, por el efecto disuasorio de una pluma presidencial en Washington—, se le ha secado la garganta al coro de generales y dirigentes.

La reciente Orden Ejecutiva que vuelve a designar a la dictadura cubana como una amenaza explícita para la seguridad nacional de Estados Unidos y la región no es solo un documento legal; es un espejo que devuelve a la nomenclatura su reflejo más temido: el de un régimen patético, aislado y peligrosamente cercano a la irrelevancia total. La bravata se disolvió en el aire húmedo de La Habana, dejando al descubierto el temor que subyace bajo las charreteras y los discursos grandilocuentes.

La evidencia más patética de este terremoto interno la protagonizó el propio títere designado, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Lejos queda el hombre que, hace apenas semanas, gesticulaba con arrogancia vacía tras el grotesco operativo para sostener a la satrapía de Maduro.

En su última aparición, su voz no tenía el tono de mando, sino el temblor del suplicante. Su discurso, incoherente y repetitivo, fue un monumento a la desesperación: un balbuceo que imploraba “diálogo” y “comprensión” al mismo gobierno que acaba de señalarlos con el dedo acusador del derecho internacional. No era el líder de una revolución, sino el portavoz de una camarilla acorralada, rogando por una salida que no implique su desaparición en el foso de la historia.

Salvar los muebles

La coreografía del miedo, sin embargo, alcanza su momento más cínico con la negativa del régimen a admitir su apoyo al terrorismo. “Todos los esfuerzos del Gobierno están dirigidos a mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano”, aseguró Díaz-Canel con una cara de póquer que solo la práctica totalitaria perfecciona.

La afirmación, en su obscena falsedad, sería cómica si no fuera tragicómica. Mientras el dictador-designado pronunciaba esas palabras, millones de cubanos —los mismos a los que dice dedicar sus esfuerzos— sobrevivían otro día entre apagones crónicos, colas interminables por una lata de comida, farmacias vacías y el yugo constante de una policía política que vigila el hambre más que el orden.

La cúpula, en cambio, negocia desde la opulencia de sus enclaves vedados, sus cuentas offshore y sus socios en el crimen transnacional.

Este súbito ataque de “moderación” diplomática no es, por supuesto, una epifanía democrática. Es cálculo puro, fruto del pánico. Los rumores —cuidadosamente filtrados y nunca desmentidos— de un canal de conversaciones secretas, posiblemente encabezado por Alejandro Castro Espín, el heredero sin corona de la dinastía, delatan la verdadera estrategia: salvar los muebles.

Es el mismo guion de 2011, cuando, ante la asfixia total, la familia Castro sacó al hijo predilecto a negociar un salvavidas que les permitiera mantener el poder absoluto, maquillado de apertura económica. Hoy repiten la jugada, esperando canjear concesiones cosméticas por una suspensión de la presión que los estrangula.

El desmantelamiento de la dictadura

Pero el mundo, y sobre todo Cuba, ya no es el de 2011. La máscara se cayó para siempre. La pregunta que flota sobre estas posibles negociaciones clandestinas es la única que importa: ¿qué puede ofrecer, en realidad, una dictadura moribunda además de su propia rendición?

No hay bienes que canjear, solo crímenes que responder. No hay reforma genuina posible en una estructura cuyo ADN es la represión. Lo único negociable, el único “diálogo” admisible para la comunidad internacional y para el pueblo cubano, es el mecanismo y el cronograma para el desmantelamiento pacífico de toda la maquinaria totalitaria. Cualquier conversación que no tenga ese fin último no es diplomacia; es complicidad con la tiranía.

El castrismo tiembla. No por una invasión, sino por el simple y contundente peso de la verdad y la ley. Tiembla porque su último soplo de oxígeno —la impunidad, el financiamiento ilegal, la complicidad de gobiernos timoratos— se está agotando. La orden de Trump no es un fin, es un principio: el principio del cerco definitivo.

La guapería se acabó. Lo que queda es el miedo metido en el cuerpo de unos ancianos generales que ven cómo, por primera vez, las paredes de su bunker se estrechan. Y afuera, un pueblo entero, hambriento de justicia y de libertad, espera pacientemente a que esa puerta finalmente se abra, o sea derribada. La historia no perdona a los verdugos, solo les concede un tiempo prestado. Y al régimen de La Habana se le está acabando.

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