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Diplomacia del miedo: Cuba ante la presión implacable de Estados Unidos

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Un frio escalofrío recorre la columna vertebral del régimen. Una estratagema, más en un momento muy delicado, una jugada de espera: finge conciliar… solo eso… ¡Se percibe sí, el miedo!

Analicemos este documento.

La reciente declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba no es un gesto rutinario de política exterior ni una reafirmación soberana frente a Washington. Es, más bien, un texto cuidadosamente diseñado bajo presión extrema. Su tono, su estructura y sus silencios revelan a un régimen que no desafía: se defiende. Y cuando una dictadura se defiende con tecnicismos jurídicos y llamados a la cooperación, es porque percibe un peligro real.

El contexto que explica el mensaje.

La presión ejercida desde Estados Unidos —particularmente desde el entorno político que encarna Donald Trump— no se limita a sanciones retóricas. Se trata de una ofensiva que combina instrumentos legales, financieros y diplomáticos. En ese marco, La Habana entiende que ya no basta con la propaganda antiimperialista: necesita construir una coartada internacional.

Esta declaración surge, por tanto, en un momento de vulnerabilidad estratégica del régimen, marcado por aislamiento, crisis económica estructural y una pérdida acelerada de aliados confiables.

Lenguaje defensivo: señales inequívocas de alarma

El texto del MINREX abunda en negaciones reiteradas: “no alberga, no apoya, no financia, no permite”. Esta insistencia no es casual. Es el reflejo de una acusación que el régimen teme que se formalice. La negación preventiva suele anteceder a los procesos de imputación.

A ello se suma un tono inusualmente conciliador: ofertas de cooperación, diálogo “orientado a resultados tangibles” y referencias constantes al derecho internacional. No es el lenguaje de la rebeldía ideológica, sino el de quien busca atenuantes antes de ser juzgado.

La admisión encubierta: el punto más débil

Quizás el aspecto más revelador del documento sea la referencia a “interacciones pasadas” con personas posteriormente designadas como terroristas, justificadas como gestiones “humanitarias” vinculadas a procesos de paz.

Aquí el régimen comete un error estratégico: admite el contacto y se limita a discutir la intención. En el ámbito jurídico internacional, esa distinción es frágil. El castrismo intenta redefinir el pasado para salvar el presente, pero al hacerlo deja constancia escrita de vínculos que siempre negó.

Cooperación ofrecida: ¿voluntad o supervivencia?

Cuando una dictadura que ha hecho del enfrentamiento su razón de ser propone cooperación en terrorismo, lavado de dinero, narcotráfico y ciberseguridad, no lo hace por convicción moral. Lo hace porque teme quedar atrapada en una red de designaciones, sanciones ampliadas y procesos judiciales que ya no controla.

Esta oferta no implica reforma ni cambio político. Es instinto de supervivencia, no apertura.

Asi las cosas, la declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba no marca un giro histórico ni una voluntad sincera de entendimiento. Es una pieza de diplomacia del miedo, redactada para ganar tiempo, sembrar dudas y preparar una defensa futura.

Lejos de proyectar fortaleza, el texto confirma algo esencial: el régimen se sabe observado, cuestionado y vulnerable. Y cuando una tiranía empieza a hablar el lenguaje de sus acusadores, es porque ya no controla el relato.

La presión funciona. Y La Habana lo sabe.

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