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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- La soledad es el punto final de todos los proyectos fallidos. No llega de golpe: se construye con abusos, con impagos, con arrogancia, con tragedias acumuladas. Hoy, la llamada revolución cubana ha llegado a ese punto exacto: se ha quedado sola. No asediada, no heroicamente resistiendo, sino abandonada. Y la diferencia es crucial.
Demasiado ultraje. Demasiado incumplimiento. Demasiada calamidad creada de manera consciente. Demasiada tragedia sostenida como método de gobierno. Defender hoy a la revolución cubana exige algo más que ideología: exige renunciar a la ética, aceptar el hambre como normalidad y justificar la ruina como virtud. Por eso ya casi nadie lo hace.
La revolución lo consumió todo y no construyó nada. Destruyó la economía productiva, arrasó con la moral pública, pulverizó la noción de responsabilidad individual y exportó, como único saldo internacional, odio, subversión y guerrillas. No dejó instituciones sólidas, ni prosperidad, ni ciudadanía: dejó dependencia, miedo y una sociedad exhausta.
Durante años, el régimen sobrevivió no por eficiencia interna, sino por subsidios externos. Hoy, ese andamiaje se ha derrumbado.
Venezuela, su principal sostén durante dos décadas, es un país colapsado. Su producción petrolera es errática, sus finanzas están estranguladas y su prioridad es la supervivencia del propio régimen. El petróleo que aún llega a Cuba ya no es garantía, es agonía diferida. Alcanzará, en el mejor de los casos, para unas pocas semanas. La ideología no mueve termoeléctricas ni mantiene el transporte.
Rusia no es un aliado económico: es un actor simbólico. Moscú no rescata economías inviables ni subsidia sistemas improductivos. Usa a Cuba como pieza retórica en su narrativa geopolítica, pero no invierte, no financia, no salva. La nostalgia de la Guerra Fría no paga facturas.
China, pragmática hasta la frialdad, ya tomó nota. No regala nada. Exige reformas, seguridad jurídica y rentabilidad. Cuba no ofrece ninguna de las tres. Por eso Pekín observa a distancia, calcula y espera. Un régimen que no produce, no paga y no reforma no es socio, es lastre.
En América Latina, incluso gobiernos ideológicamente cercanos evitan el costo. Defender a Cuba hoy mancha reputaciones. México se limita a gestos retóricos; Brasil y Colombia eluden compromisos; el resto guarda silencio incómodo. Nadie quiere heredar un fracaso.
Europa, tras años de diálogo estéril, empieza a asumir lo evidente: no hubo avances en derechos humanos, no hubo reformas reales, no hubo voluntad. La paciencia diplomática se agotó.
El aislamiento no es una conspiración: es una consecuencia.
– Impagos sistemáticos de la deuda externa.
– Inseguridad jurídica absoluta para cualquier inversión.
– Un modelo incapaz de producir alimentos, energía o valor.
– La exportación deliberada del conflicto como política exterior.
– Un colapso moral que exige justificar la miseria ajena.
La revolución no fue derrotada por enemigos externos. Se devoró a sí misma.
El reloj energético
Con reservas para apenas 20 o 30 días, el régimen entra en una fase crítica. Sin combustible no hay control, no hay movilidad, no hay producción ni propaganda eficaz. El aparato represivo también depende de la logística. El poder sin energía es solo retórica vacía.
¿Qué salidas le quedan a la cúpula? No hay muchas, y ninguna es honorable.