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Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- El fallo esencial del socialismo radica en la convicción de que un grupo de burócratas, desde un buró y con planificaciones llenas de buenas intenciones, puede controlar el mercado y dirigir la vida económica de millones de personas. Pero la historia demuestra lo contrario: de buenas intenciones están llenos los cementerios. Ningún ser humano actúa desligado de su propio interés.
Pretender que un funcionario o un partido pueda administrar con eficiencia y justicia absoluta los recursos y aspiraciones de toda una nación es desconocer la naturaleza humana y la complejidad de una sociedad moderna. Un país no se dirige como un núcleo familiar. La familia se sostiene con amor y sacrificio; una nación necesita libertad para que cada individuo pueda aportar, crear y prosperar.
La libertad, sin embargo, no es licencia para el caos. Es como una moneda con dos caras: una es tu derecho; la otra, tu responsabilidad. Ningún Estado puede sustituir la responsabilidad individual con consignas de justicia social. La justicia no puede depender del origen social ni otorgar privilegios por condición económica. El pobre no debe estar por encima de nadie por ser pobre, sino ser tratado con la misma justicia que todos. La justicia debe ser ciega, no selectiva.
El socialismo termina funcionando solo para quienes lo controlan, creando élites privilegiadas mientras predica igualdad. En Cuba, por ejemplo, la centralización económica terminó en desastre. Tras más de seis décadas intentando tapar el agujero con controles y consignas, la realidad sigue imponiéndose: sin libertad económica no hay producción sostenible ni prosperidad.
Como señalaba Milton Friedman, incluso un objeto tan simple como un lápiz requiere la cooperación espontánea de miles de personas e industrias alrededor del mundo, algo imposible de planificar desde una oficina estatal. Ningún burócrata puede sustituir la dinámica natural del mercado y la iniciativa individual.
Por eso, el verdadero cambio pasa por comprender que el progreso nace cuando se libera el talento y el esfuerzo de la gente. Cuba no necesita más control ni más consignas; necesita libertad para que sus ciudadanos puedan prosperar, dejar de depender del Estado y convertirse en protagonistas de su propio destino.