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Por Joel Fonte
La Habana.- Los cubanos hemos aprendido a lo largo de los años cuál es el ‘coraje y la valentía’ que vociferan hombres como el mayordomo de Raúl Castro…
Desde un estrado en Baddag, Irak, comenzando el milenio, el amigo de Fidel y Raúl Castro, Saddan Hussein, lanzaba bravuconadas contra los Estados Unidos tras invadir Kuwait, y se decia valiente, capaz de dar el pecho a cualquier enemigo.
Alrededor de él, permanentemente, decenas de hombres armados lo protegían, día y noche, a pesar de ser el responsable de miles de asesinatos contra etnias rivales, opositores políticos, contra todo el que no acataba su largo periodo de poder en el país.
Pero, tras varios sucesos, en diciembre del 2003, un Hussein exhausto, temeroso, es sacado de un hueco, hecho como escondite en la tierra, y se entrega pasivamente a soldados norteamericanos en una ciudad del interior del país.
Poco después sería juzgado, condenado, y ejecutado en la horca por sus múltiples crímenes.
El 10 de noviembre del 2019, un discípulo fiel de Fidel Castro, autor de uno de los gobiernos más largos de la era republicana en Bolivia, y que instrumentó un proceso electoral fraudulento para reelegirse y permanecer en el poder, imitando a su padre ideológico, y a pesar de que poco tiempo antes, en un referéndum, los bolivianos decidieron que no querían su reelección, huía del país a arrojarse en los brazos del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, y luego a la Argentina de los Kirchner.
Tras él, luego de varias semanas de protestas, quedaron decenas de cadáveres.

Pero eso no le importó a Evo Morales: los manifestantes salieron a la calle exaltados por sus gritos y juramentos de morir dando batalla -por una causa tan innoble como erigir una dictadura- y él salió huyendo, para solo regresar al país cuando su ‘pellejo’ estaba a buen resguardo…
Y ahí está el caso del ‘mejor amigo de Cuba’, según Fidel Castro -ninguna frase recoge mejor que esa la idea que Castro tenía de Cuba: en su mente, Cuba era Él-; el señor Hugo Chávez.

Había creado tanto caos económico, político, social, en Venezuela en solo tres años en el poder, que el 11 de abril del 2002, los mismos militares que años antes lo habían acompañado en un intento golpista que él mismo protagonizó en Caracas y otras ciudades, subvirtiendo el orden democrático, le dieron un golpe similar. ¿Y que hizo Chávez?. No imitó a su admirado Allende en La Moneda, sino que se rindió cobardemente. En los dos días que siguieron antes de ser retornado al poder por otros militares fieles a la República, su gran preocupación fue cómo llegar vivo a Cuba. Ya estaba negociando su huida de Venezuela mientras en el país decenas de simpatizantes suyos morían exaltados por sus gritos de ‘Revolución o Muerte’, una de las tantas consignas que se llevó desde La Habana como regalo heroico del castrismo…
Pero hay otro, entre los muchos grandes ‘paladines’ del valor teórico -sin dudas el que más gritó, y el que más millones de hombres y mujeres mandó a la muerte con sus juramentos de lealtad a sus ideas- y que el 30 de abril de 1945, después de llevar al suicidio a su esposa Eva Braun, y a su perro, se suicidó el mismo en su protegido búnker de la Cancillería del Reich alemán, en Berlín.
Desde sus grandes movilizaciones de los años ’20, en la ciudad de Núremberg -la misma escogida simbólicamente para los juicios a los principales líderes nazis tras el fin de la guerra- , donde movilizaba antorchas en mano a decenas de miles de seguidores -un rito que luego Castro le imitaria- hasta ese día de su muerte, Hitler juró incontables veces que moriría ‘con honor’.
La historia de la humanidad está colmada de déspotas que lanzaron discursos inflamados a la masa, jurando una muerte heroica, y luego cayeron como cobardes.
Y siempre es uno el denominador común: los gritos, las exaltaciones heroicas, se hicieron desde el púlpito, rodeados de hombres obligados a morir por protegerlos, fusil en mano…
Esa es una valentía gratuita.
Ahí está el más reciente: Nicolás Maduro.

Mientras en Cuba las madres, hijas, esposas y muchos más cercanos a los militares cubanos que lo protegian, lloraban sus muertes, él llegaba el 3 de enero último como ‘lechuga fresca’ a New York practicando su accidentado inglés con sus captores: ‘happy new year’, les decía a los ‘enemigos’ a quienes había jurado combatir hasta su última gota de sangre ‘por el sagrado suelo de la patria’.
Así, no es difícil anticipar cuál será el fin de los gritos y los juramentos de ‘morir luchando’ de la nueva generación de empleados de la dictadura aquí.
Esos que siendo nuestros verdugos, nuestros victimarios, se muestran cínicamente como benefactores, como protectores…
Ellos tienen el mismo abultado problema de toda esa larga lista de tiranos ‘gritadores’ a lo largo de la historia: solo ocultan su miedo tras sus gritos, y lanzan a la muerte a otros…