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Por Yeison Derulo
La Habana.- Suspenden el juicio de Alina Bárbara López y Jenny Pantoja, previsto para este 30 de enero, y al mismo tiempo empiezan a mover presos políticos de una prisión a otra como quien reordena fichas en un tablero viejo. Nada se informa con claridad, nada se explica, nada se hace de cara al país. El régimen vuelve a apostar por su arma preferida: la incertidumbre. Ese limbo calculado donde las familias no saben si preparar esperanza o luto administrativo.
Cuando un juicio se suspende sin razones públicas en Cuba, no es un gesto de humanidad ni de prudencia legal. Es puro cálculo. Es estirar la cuerda, medir presiones, tantear el termómetro internacional y, sobre todo, desgastar psicológicamente a los acusados. Alina y Jenny no están libres; están en pausa. Y en este país, estar en pausa suele ser más cruel que una sentencia firme.
El movimiento de presos políticos tampoco es casual. Traslados repentinos, cárceles más lejanas, cambios de régimen penitenciario. Todo eso tiene un objetivo claro: romper vínculos, aislar, desorientar. El castrismo sabe que un preso informado y acompañado es más peligroso que uno perdido en el mapa. Por eso los mueven como paquetes sin remitente, sin aviso y sin explicación.
Ahora bien, la gran pregunta flota en el aire como un apagón anunciado: ¿empezarán a liberarlos pronto? Ojalá. Pero la historia reciente obliga a la desconfianza. Este gobierno no libera; negocia. No hace justicia; administra daños. Si sueltan a alguien, será porque algo necesitan a cambio: oxígeno político, silencio internacional o tiempo.
Mientras tanto, todo sigue incierto, que es exactamente como le gusta al poder. Ni absoluciones ni condenas, ni libertad ni cárcel definitiva. Solo ese estado viscoso donde el miedo se administra por goteo. Cuba no es un país en espera de justicia; es una celda grande donde la dictadura decide cuándo abrir la puerta… y casi nunca lo hace por las razones correctas.