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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La imagen de Fulgencio Batista abandonando Cuba en la madrugada al 1 de enero de 1959 a bordo de su avión, con las arcas del estado mermadas pero con un séquito militar y recursos propios, creó un arquetipo peligroso en la imaginación política: el del dictador que, ante la debacle, tiene al menos la opción de la huida.
Ese arquetipo es un espejo falso para Miguel Díaz-Canel. La diferencia fundamental no es de carácter, sino de poder real. Batista, hasta el final, controlaba instrumentos coercitivos leales a su persona y los medios para escapar. Díaz-Canel es, en esencia, un alto funcionario bajo custodia, un presidente sin ejército propio, cuyo mandato no emana de la fuerza que detenta, sino del permiso que se le otorga.
Analizar la situación desde la lógica del poder fáctico es esclarecedor. Díaz-Canel no comanda las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ni el Ministerio del Interior (MININT). Esas estructuras, pilares últimos del régimen, siguen bajo el control férreo de la familia Castro y su círculo más estrecho.
Los anillos de seguridad que lo protegen no son sus guardias; son los custodios designados por el verdadero centro de poder para vigilar al administrador provisional. Él es tan consciente de esta realidad como cualquier analista. Un intento de negociar una salida al estilo Batista con una potencia extranjera no sería visto como una maniobra de estadista, sino como la mayor de las traiciones, un acto de deserción y una amenaza existencial para el sistema que lo encumbró.
Por tanto, la ecuación para Díaz-Canel es de una simplicidad brutal: no tiene a dónde ir con garantías. Carece de una fuerza militar personal que lo escolte hasta un avión y asegure su despegue. Cualquier movimiento en esa dirección sería inmediatamente interpretado por sus custodios como una señal para actuar.
El espectro de un «accidente» fortuito, de un abrupto juicio por traición o de una ejecución sumaria no es retórica conspirativa; es el riesgo previsible que conllevaría intentar convertirse en un actor autónomo. Su seguridad personal depende de su lealtad inquebrantable, no de su cargo.
Esto explica su aparente parálisis y su discurso de línea dura. Lejos de ser una muestra de firmeza ideológica, es la única estrategia de supervivencia disponible. Negociar con una figura como Trump, que percibe como un hostil irreconciliable, supondría reconocer una debilidad y tomar una iniciativa que está fuera de su margen de acción. Sería firmar su sentencia.
Cada gesto de intransigencia pública es, en realidad, un mensaje de fidelidad forzada dirigido a sus supervisores en las sombras, un pago por su protección continua.
La cobardía, en este contexto, es irrelevante. Incluso si albergara el más feroz deseo de escapar, las condiciones materiales y de poder se lo impiden de forma absoluta. Batista podía ser acusado de muchas cosas, pero en su huida demostró que aún tenía resortes bajo su control.
Díaz-Canel no tiene ninguno. Es un rehén de lujo del sistema que preside, condenado a interpretar el papel de líder precisamente para no ser eliminado como un simple funcionario desleal. Su miedo no es abstracto; es concreto y está dirigido a las consecuencias de un error dentro de la propia cúpula.
En definitiva, Díaz-Canel no se quedará por valentía, ni se irá por cobardía. Se quedará porque no le queda otra opción viable. La puerta que utilizó Batista está sellada para él. Su destino está atado al del régimen de una manera mucho más visceral y peligrosa que la de sus predecesores.
Abandonar el barco no es una decisión que pueda tomar; sería un acto de auto-inmolación. Por eso, quemará a sus seguidores y al país entero antes de arriesgarse a que el último avión disponible, metafórico o real, tenga como destino su propio fusilamiento. Es el cálculo frío del preso que prefiere la certidumbre de su celda vigilada a la incertidumbre mortal de un corredor donde los guardias ya han recibido órdenes.