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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Toda tiranía necesita una coartada moral. Ningún poder absoluto se sostiene solo con la fuerza: requiere símbolos, mitos fundacionales y una legitimidad prestada que lo disfrace de causa justa. En el caso cubano, esa coartada tuvo un nombre preciso y cuidadosamente manipulado: José Martí.
El castrismo no podía prescindir de Martí. El Apóstol era —y sigue siendo— el núcleo ético de la nación cubana, la referencia moral más alta de su historia republicana. Ignorarlo habría significado aislarse del alma del país. Respetarlo, en cambio, habría sido letal para el proyecto totalitario. La solución fue tan cínica como eficaz: apropiarse de su figura y vaciarla de contenido.
Desde los primeros años del poder revolucionario, Martí fue sometido a un proceso sistemático de selección ideológica. No se le estudió como pensador integral, sino como cantera de frases útiles. Se extrajeron fragmentos, se aislaron conceptos, se eliminaron contextos y se construyó un Martí funcional al discurso del nuevo régimen. Así nació el Martí oficial: antiimperialista sin matices, enemigo abstracto de los Estados Unidos, precursor forzado de una revolución que jamás imaginó ni habría respaldado.
Este procedimiento no fue improvisado. El castrismo comprendió que el marxismo, importado y ajeno a la tradición cubana, necesitaba una raíz nacional para ser aceptado. Martí fue utilizado como puente simbólico entre una ideología extranjera y un pueblo con fuerte vocación republicana. Se le presentó como “autor intelectual” de una revolución que abolió exactamente aquello que él defendió: la república, la legalidad, la pluralidad política y la dignidad del ciudadano.
Para lograrlo, fue imprescindible silenciar al Martí incómodo. Al Martí que rechazó la lucha de clases. Al Martí que desconfiaba del poder concentrado. A aquel Martí que advirtió sobre los peligros del caudillismo y del despotismo ilustrado. Al Martí que entendía la política como un ejercicio moral y no como una ingeniería del odio. Ese Martí debía desaparecer, porque desmontaba pieza por pieza la arquitectura del Estado totalitario.
La falsificación no se limitó a los discursos oficiales. Se institucionalizó en la enseñanza, en los manuales escolares, en la academia subordinada, en los medios de comunicación y en la cultura política cotidiana. Martí dejó de ser un pensador para convertirse en estatua; dejó de ser debate para ser consigna; dejó de ser conciencia crítica para ser decoración ideológica. Un Martí repetido, pero no leído. Invocado, pero no comprendido.
Este secuestro intelectual tuvo consecuencias profundas. Al desfigurar a Martí, el régimen desarmó moralmente a la sociedad cubana. Privó a generaciones enteras de una referencia ética auténtica y las sustituyó por un relato falsificado, donde obedecer era virtud y disentir, traición. Martí fue utilizado para justificar la negación de aquello que él consideraba sagrado: la libertad de pensamiento, de palabra y de acción.
Hoy, desmontar esa falsificación no es un ejercicio erudito, sino una necesidad histórica. Recuperar al Martí verdadero es devolverle a Cuba una brújula moral extraviada durante décadas. Es restituir la idea de república frente al poder perpetuo, de ciudadano frente al súbdito, de verdad frente a propaganda.
El castrismo necesitó falsificar a Martí porque el Martí real lo deslegitima por completo. Porque su pensamiento desnuda la naturaleza autoritaria del régimen y revela la profunda contradicción entre el proyecto martiano y la realidad cubana contemporánea. Y porque, mientras Martí sea comprendido en toda su integridad, ninguna tiranía podrá reclamarlo como propio.
Ese es el desafío pendiente: sacar a Martí del secuestro ideológico y devolverlo a la nación como lo que fue y sigue siendo —un pensador libre, una conciencia crítica y un enemigo natural de todo despotismo.