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Alexander Guerra y la negligencia homicida del régimen

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Por Anette Espinosa ()

La habana.- El régimen cubano, obsesionado con el culto a los muertos ilustres, acaba de crear otro mártir. Pero este no tendrá estatuas, ni efemérides, ni discursos en la Plaza. Se llama Alexander Guerra, tenía 36 años, y su nombre ya es sinónimo de la negligencia homicida que este sistema ejerce sobre su propio pueblo.

Murió anoche en Morón, Ciego de Ávila, impactando su motocicleta contra un amasijo de hierro abandonado en la oscuridad. El artefacto letal era un remanente de los festejos oficiales por el natalicio de José Martí. Así opera la perversión castrista: usa la efeméride patriótica como escenografía para su poder y deja, como único legado tangible para los ciudadanos, una trampa mortal en medio de la calle.

Los detalles del hecho desnudan la mecánica fría del desprecio. La tarima, utilizada horas antes para coreografías de pseudoapoyo al régimen, fue simplemente abandonada tras el acto. Sin señalización, sin luces, sin la más elemental consideración por la vida de quienes transitan una ciudad ya de por sí sumida en el apagón crónico.

Alexander, circulando en la negrura que el Estado no ilumina, no tuvo la menor oportunidad. El hierro de la propaganda, convertido en arma contundente, segó su vida. No fue un accidente. Fue la consecuencia directa y previsible de un sistema que solo moviliza recursos para su propio teatro político, nunca para el bienestar elemental de la gente.

Otra víctima grave

La tragedia, sin embargo, no se contentó con una sola víctima. Otro joven, en la misma noche y en el mismo lugar invisible, sufrió idéntico destino. Yace ahora en estado crítico en el Hospital de Morón, luchando por una vida que el Estado puso en jaque con su indiferencia criminal.

Dos familias destrozadas, hijos huérfanos, un dolor evitable que se multiplica exponencialmente porque el aparato de poder es estructuralmente incapaz de asumir la más básica responsabilidad: garantizar que las calles no se conviertan en campos de obstáculos mortales después de sus mítines.

¿Dónde estaba la autoridad? La pregunta retórica es parte de la condena. Las instituciones del régimen —Poder Popular, tránsito, servicios comunales— brillan por su ausencia operativa cuando se trata de servir, pero son hipereficaces para organizar el espectáculo de sumisión y para vigilar cualquier gesto de disidencia.

Priorizan, hasta el último tornillo de una tarima, la puesta en escena del poder. La vida de un hombre trabajador, padre de dos hijos, esposo desde la adolescencia, vale menos que el metal de un adorno efímero para un discurso que nadie escucha ya.

Y al final, nadie responde, nadie paga por los muertos, la culpa se diluye.

La impunidad de los dirigentes

Esta es la verdadera naturaleza del “Estado revolucionario”: un depredador de vidas que viste de patriotismo. Mientras la familia de Alexander Guerra llora en un silencio que no saldrá en Cubadebate, los funcionarios responsables ni siquiera serán amonestados.

No hay rendición de cuentas en una dictadura. Solo hay impunidad para los verdugos con carnet del Partido y desamparo absoluto para las víctimas. La “justicia social” de la que tanto alardean se limita, en casos como este, a esperar que el dolor de los de abajo no haga demasiado ruido.

Paz para Alexander Guerra. Justicia, en un país donde la justicia no existe para el pueblo, es una palabra vacía que solo puede traducirse en una exigencia: que su muerte no sea otro número olvidado en la larga lista de asesinatos por negligencia del castrismo.

Que cada tarima abandonada, cada bache sin reparar, cada calle oscura, sea recordada como lo que es: una prueba más de que este gobierno no gobierna; solo ocupa el espacio, derrocha recursos en su propio culto y, con su inoperancia letal, siega vidas con la misma frialdad con que ordena represiones.

La tarima de Morón no es un objeto. Es el monumento no oficial a un régimen que mata, día a día, con su desidia.

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