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¿Dónde hay más odiadores: en el gobierno o en la diáspora?

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- La respuesta es una tautología sangrante que se desprende de cualquier revisión desapasionada de los hechos. El odio, como instrumento de ingeniería social y herramienta de perpetuación en el poder, no fue importado en una maleta desde Miami. Fue institucionalizado, dosificado y proclamado desde el púlpito de La Habana a partir de 1959.

Los primeros que destilaron, con fría metodología revolucionaria, el ácido del rencor clasista y la venganza política, fueron precisamente aquellos que llegaron al poder prometiendo justicia. Además, la inauguración de los juicios sumarísimos —cuando no del fusilamiento sin juicio alguno— no fue un exceso lamentable de la coyuntura. Fue el acta fundacional de un nuevo orden: el que se erigía declarando la enemistad perpetua contra una parte del propio pueblo. El odio fue política de Estado antes de que fuera sentimiento en el exilio.

El discurso oficial no se limitó a las armas. También se encapsuló en un lenguaje diseñado para deshumanizar y segregar. La retórica de Fidel Castro, martillando consignas como “no los queremos, no los necesitamos”, no era un arranque de ira. Era el marco ideológico para el expolio.

Arrebatarles sus propiedades a los que “tenían algo”, expulsar al exilio a todo el que había tenido éxito y se resistía a plegarse, no fue una medida económica. Fue una operación de odio, envuelta en el papel celofán de la justicia social. Su objetivo real era aniquilar cualquier foco de autonomía o éxito ajeno al control del Estado. Se odió al médico, al pequeño comerciante, al dueño de una finca, no por maldad abstracta. Fue porque su existencia independiente era un desafío al monopolio total que se pretendía establecer.

El odio institucionalizado

Esa pedagogía del desprecio pronto necesitó escenificarse en rituales de humillación colectiva. Además, la turba organizada, el huevo lanzado como proyectil, la golpiza en plena calle contra quien osaba buscar asilo en la embajada del Perú, no eran “excesos de las masas enfurecidas”. Eran el teatro programado del odio de Estado. En este, el pueblo era convertido en multitud y era utilizado como ariete contra sus vecinos más vulnerables.

El episodio del Mariel fue la continuación lógica: la violencia verbal y física, alentada desde arriba, para purgar a los “indeseables”. Así, en la oscuridad de la noche del 13 de julio de 1994, ese odio institucional mostró su cara más letal: el hundimiento deliberado del remolcador “13 de Marzo”, con mujeres y niños a bordo, no fue un accidente. Fue un mensaje escrito en agua salada y sangre. El precio por escapar de la utopía sería la muerte. El que ordena hundir una embarcación civil odia, no disuade.

Hoy, el mecanismo se ha perfeccionado, pero la esencia es la misma. El léxico del régimen sigue poblado de cucarachas, gusanos y mercenarios a sueldo del imperio para todo aquel que disienta en una red social, critique la miseria o exija libertad.

El odio es la argamasa que une al aparato. Se materializa en las celdas de alta seguridad donde se pudren más de mil presos políticos, la mayoría apresados tras las protestas del 11 de julio de 2021 por el “delito” de opinar diferente. También se monetiza en el salario, cuatro veces mayor al de un médico, que reciben las brigadas de ciberclarias. Su trabajo es intoxicar, insultar y acosar con perfiles falsos desde el anonimato cobarde. El Estado no debate ideas; más bien, las ahoga en un fango de odio organizado y financiado desde el presupuesto público.

El castrismo es la madre del odio

Frente a esto, la diáspora, tan demonizada, es en gran medida un producto de ese mismo odio original. El cubano que desde fuera critica con vehemencia, que arremete contra los voceros oficiales como Arleen Rodríguez, que suelta improperios en redes, no está ejerciendo un odio primigenio. Por el contrario, está descargando, a menudo de forma torpe y visceral, una frustración contenida por más de medio siglo de manipulación, atropellos y villanías institucionalizadas.

Su ira es reactiva, consecuencia de una herida abierta que nunca cicatriza porque el poder que la infligió sigue intacto. Aún gobiernan con los mismos apellidos y los mismos métodos. No es el odio del que tiene el poder para encarcelar, hundir embarcaciones o arruinar vidas. Es el rencor del que fue expulsado, despojado o silenciado.

La pregunta, pues, contiene su propia respuesta. El odio concentrado, sistemático y letal es el que emana del poder, porque solo el poder puede convertir el resentimiento en ley, el desprecio en política de Estado y la venganza en historia oficial.

La diáspora, con toda su rabia a veces desordenada, es en esencia un coro de víctimas que grita contra sus verdugos. El verdadero cultivo del odio, su siembra y cosecha a escala industrial, no ocurre en los cafetines de Miami. Más bien ocurre en los despachos con aire acondicionado de La Habana, donde se decide, desde hace 67 años, qué cubano es digno y qué cubano es desecho. Allí, y solo allí, se encuentra la fábrica madre.

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