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Por Albert Fonse ()
Ottawa.- Existe una oposición que habla tan bonito que empalaga. Dicen querer cambio, pero que siempre involucre a la dictadura. Condena la represión en voz baja y acto seguido pide diálogo con los mismos que golpean, encarcelan y condenan al hambre. Son como la mujer maltratada por su esposo, que todos le dicen que lo deje y ella responde pero él es bueno en el fondo. No es ingenuidad ni miedo. Es una forma de convivencia política que evita el conflicto real.
A estos actores la prensa les regala titulares aunque no produzcan resultados reales contra la dictadura. No importa que sus iniciativas no generen presión efectiva ni alteren el equilibrio de poder del régimen. Lo relevante es que su discurso suene correcto, moderado y presentable para audiencias internacionales que prefieren una narrativa limpia antes que una solución incómoda. Son opositores diseñados para ser consumidos mediáticamente, no para confrontar al poder real ni ponerlo en riesgo.
Rechazan cualquier propuesta de anexión o involucramiento estructural de Estados Unidos, pero una parte significativa de ellos vive de grants, fundaciones y programas financiados directa o indirectamente desde Washington. La contradicción es objetiva. Aceptan el dinero del contribuyente norteamericano, pero rechazan que Estados Unidos actúe como factor decisivo de cambio. El reflejo antiimperialista sigue intacto, solo que disfrazado con lenguaje técnico, diplomático y supuestamente responsable.
Su respaldo internacional no es casual. Están alineados ideológicamente con la misma izquierda global que domina foros, universidades, ONG y organismos multilaterales. Repiten el lenguaje del globalismo woke derechos abstractos identidades discursivas justicia social sin costo ni consecuencias. Ese marco ideológico es cómodo para fundaciones y plataformas que necesitan oposiciones presentables que no cuestionen el orden geopolítico ni rompan consensos. Por eso reciben aplausos y financiamiento.
No desafían el sistema que oprime a Cuba porque comparten su matriz ideológica. La dictadura cubana no es una anomalía dentro de ese ecosistema es uno de sus referentes históricos y simbólicos. Mientras el régimen exporta propaganda y victimismo estos exportan moderación y lenguaje correcto. Son dos caras del mismo proyecto una controla por la fuerza la otra administra el relato.
Su forma de actuar es siempre la misma. Documentar. Denunciar. Solicitar mediaciones. Organizar foros. Firmar cartas. Pedir permisos. Crear plataformas. Todo menos forzar una ruptura clara. No porque no entiendan el problema, sino porque una ruptura los deja sin función. Viven de administrar el conflicto, no de cerrarlo.
Esta oposición resulta tolerable para la dictadura porque no la amenaza. Es predecible, gestionable y exportable. No altera la estructura de poder ni genera consecuencias. Uno de los mayores logros históricos de la Seguridad del Estado ha sido permitir la existencia de una oposición que habla mucho, denuncia mucho, pero nunca cruza el punto de no retorno.
No quieren intervención militar. No quieren embargo y menos un bloqueo naval. Es como las personas que quieren bajar de peso, pero no quieren pasar hambre y la cirugía le da miedo, prefiere continuar la vida con dolores en las articulaciones y problemas respiratorios, por no sacrificarse un momento.
Su estrategia es que el régimen totalitario cubano por buenos que son, ellos mismos pidan o hagan un cambio o dejen el poder. Todo lo que implique urgencia les incomoda. Su herramienta favorita es el tiempo. El mismo tiempo que la dictadura lleva ganando durante más de seis décadas mientras el país se empobrece, se vacía y se desintegra.
Mientras el pueblo pasa hambre, protesta por comida y termina golpeado o preso, estos ofrecen mesas de diálogo con los verdugos. Ofrecen transiciones pactadas, cambios cosméticos y reformas diseñadas para que los mismos sigan mandando con otro nombre. No es pragmatismo. Es continuidad maquillada.
Por eso la anexión les molesta tanto. No porque sea perfecta, sino porque rompe el juego. Elimina el margen para el cambalache. Impone reglas claras, instituciones reales y un poder que no depende de consensos ficticios. Frente a un marco así, se cae el teatro, se acaba la intermediación y desaparece la utilidad de esta oposición ornamental.
No hablo desde la teoría. Viví bajo el comunismo y vivo bajo el capitalismo. Hambre real frente a prosperidad real. Miedo frente a Estado de derecho. Mentira institucional frente a reglas claras. La diferencia no es ideológica. Es vital.
Estos son los opositores que los medios venden. Los que nunca llegan hasta el final. Los que siempre encuentran una excusa para no romper. Y los que convierten la tragedia nacional en carrera personal, en panel, en entrevista, en proyecto eterno.
Cuba no necesita más intérpretes del desastre. Necesita ponerle fin. Confiar el futuro del país a quienes viven de describir el incendio sin tocar el agua es como entregar el rescate a alguien que cobra por señalar las llamas, pero se niega a tirarle agua porque puede molestar al señor fuego.