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La firma del poder: ¿Por qué un coronel de la Seguridad del Estado escribe sobre el anexionismo?

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- Hace dos dias el medio oficial del regimen cubano Cubadebate publico un artículo atacando la idea del anexionismo y no opinaría sobre ello sino fuera por quien lo escribió, que no fue un simple vocero de la dictadura, sino que sacaron lo mejor que tienen para casos de urgencias de diplomacia propaganda.

Lo hacen mediante Abel González Santamaría, coronel del Ministerio del Interior, abogado, doctor en Ciencias Políticas y durante más de veinticinco años cuadro activo de la Seguridad del Estado. No es un académico neutral ni un ideólogo improvisado. Es un operador entrenado para identificar, clasificar y contener riesgos políticos.

Su biografía no es accidental. Es sobrino de Haydée Santamaría y pertenece a una de las familias fundacionales del régimen. Ese linaje no es simbólico. Es capital de confianza interna, acceso directo al poder y pertenencia al círculo donde las ideas no se discuten en términos morales, sino en términos de amenaza.

Dentro del aparato ocupó posiciones clave. Fue viceasesor de la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, órgano adscrito al Comité Central y dirigido por Alejandro Castro Espín del cual es amigo personal. Allí no se escribían artículos ni se improvisaban opiniones. Se diseñaban respuestas estratégicas para preservar el control del Estado. Su cercanía con el hijo de Raúl Castro lo colocó en el núcleo donde se cruzan inteligencia, poder político y seguridad nacional.

El modelo del poder

Junto a Alejandro Castro Espín fue uno de los hombres que se reunió en secreto en Ottawa, Canadá, con los delegados de la administración de Barack Obama para iniciar el proceso de acercamiento. Posteriormente formó parte de la delegación oficial que viajó a Washington, ya en la fase abierta del deshielo. Esto da una medida exacta del nivel de confianza que los Castro depositan en él y del lugar que ocupa dentro del núcleo real del poder.

No es un antiyanqui de consigna. Es alguien que entiende el lenguaje del poder, sus tiempos, sus miedos y sus líneas rojas. Precisamente por eso resulta más peligroso que el propagandista clásico: no grita, no exagera, no improvisa. Opera con cálculo.

Tras la disolución de la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, no desapareció. Se recicló como académico, asesor ministerial y funcionario cultural, ocupando espacios en foros internacionales bajo la etiqueta de investigador. No por vocación intelectual, sino como extensión del mismo aparato desde otro frente.

A eso se suma que es esposo de Talia González, una de las voceras más visibles de la dictadura en la televisión cubana. Seguridad del Estado y propaganda confluyen en una misma estructura. No es un detalle personal. Es una radiografía del modelo de poder.

Fijando límites

Con ese perfil, el mensaje es claro: el régimen no te está hablando a través de los argumentos. Te está hablando a través de quién los firma. Un coronel de inteligencia no escribe por debate ideológico. Escribe cuando una idea ya fue evaluada internamente y catalogada como algo que puede crecer fuera de control.

La iniciativa anexionista que ya acumula miles de firmas reales no encaja en el molde clásico de la oposición administrada. No pide espacios, no negocia transiciones, no se apoya en nostalgias ni en símbolos agotados. Plantea una ruptura jurídica total que implica pérdida de control militar, fin de la impunidad y auditoría real del poder.

Por eso el ataque no viene desde la cultura ni desde la épica manipulada, sino desde una figura entrenada para contener amenazas políticas antes de que crucen el punto de no retorno. El objetivo no es convencer al pueblo. Es fijar límites, enviar señales internas y advertir que el tema ya fue identificado como algo que no debe normalizarse.

Esto demuestra que le temen a la anexión porque es una salida que no pueden controlar. Ya no estamos hablando de proyectos de transición ni de maquillajes políticos. Estamos hablando de cortar el poder de raíz. Para una dictadura construida sobre el monopolio absoluto, eso no es una opinión incómoda. Es una amenaza existencial.

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