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El show de la soberanía fingida: Delcy Rodríguez y su rebelión vacía contra Washington

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Delcy Rodríguez se presenta como una figura desafiante que rechaza las órdenes de Washington, proclamando una supuesta soberanía venezolana. Sin embargo, tras esa retórica estridente, se oculta una realidad tan contradictoria como dolorosa: Venezuela sigue encadenada, no a cadenas comunes, sino a unas de oro forjadas por la dependencia económica y política de Estados Unidos.

Lejos de una ruptura genuina, Rodríguez actúa como una marioneta con doble discurso, interpretando un papel cuidadosamente calculado para mantener el apoyo dentro del aparato político venezolano. Mientras vocifera en la tribuna, en los despachos continúa la negociación y la dependencia de financiamiento y decisiones que, en última instancia, vienen de Washington.

La contradicción es palpable: el cartel que se le atribuye —»Tengo que cambiar el camino, a los yanquis hay que complacerlos»— es la confesión no oficial de un gobierno atrapado en la paradoja de la soberanía fingida. Mientras alza la voz para recuperar la legitimidad perdida, sabe que, sin la cooperación estadounidense, la economía venezolana, fuertemente dependiente del petróleo y de inversiones externas, no puede sostenerse.

La soberanía es una máscara

Este camino es un sendero espinoso donde cualquier paso en falso puede desatar tensiones internas o cortes en la ayuda imprescindible. Rodríguez debe equilibrar una imagen de firmeza para sus seguidores, mientras cumple con las exigencias de Washington que dictan las reglas del juego en Caracas.

¿Y qué dirá el presidente Trump ante este espectáculo? Probablemente, verá la retórica como una cortina de humo, un teatro político destinado a preservar una ilusión de independencia mientras se mantiene la subordinación real. Para Washington, el interés está claro: asegurar el acceso a los recursos petroleros y garantizar la estabilidad geopolítica, sin importar los discursos vacíos de soberanía.

En definitiva, Delcy Rodríguez no es más que la actriz principal de un drama donde la soberanía es solo una máscara, y la independencia una ficción cuidadosamente construida. Su gritería es un eco hueco que disfraza la cruda verdad: Venezuela sigue siendo un país dominado, no por sus propias decisiones, sino por la voluntad de otros.

Este espectáculo de soberanía fingida plantea una pregunta urgente para los venezolanos y para el mundo: ¿hasta cuándo se sostendrá esta farsa? La respuesta determinará el destino político y social de una nación que clama por libertad auténtica, no por palabras vacías.

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