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Por Sergio Barbán Cardero ()
MIami.- En los últimos días ha tomado auge una nueva corriente anexionista de numerosos cubanos que sostienen que la anexión a Estados Unidos es la mejor solución para los problemas de precariedad, ingobernabilidad e ineficiencia del régimen cubano para superar la crisis en que se encuentra el país.
Este fenómeno no es un capricho de redes sociales ni una moda importada. Es un síntoma histórico. El anexionismo reaparece siempre que Cuba entra en una fase de agotamiento estructural, cuando el horizonte interno se clausura y la esperanza de reforma se vuelve ilusoria. No nace del amor a otra bandera, sino del colapso de la propia.
No es la primera vez que ocurre. En el siglo XIX, cuando la isla era aún colonia española, una parte significativa de la élite criolla vio en Estados Unidos una salida viable frente al inmovilismo de la metrópoli y al temor de una revolución social descontrolada. Narciso López encarnó esa corriente; organizó expediciones armadas desde territorio norteamericano con el objetivo explícito de liberar Cuba para anexarla a la Unión. No era un aventurero vulgar; representaba una visión compartida por sectores influyentes de la sociedad cubana de su tiempo.
Junto a él, figuras como Gaspar Betancourt Cisneros o el propio José Antonio Saco expresaron una inquietud común: ¿podía Cuba sobrevivir por sí sola sin caer en el caos o en una nueva forma de tiranía? El tiempo demostró que aquella preocupación de nuestros próceres no era infundada; la dictadura llegó y nos ha mal gobernado durante casi siete décadas.
Ese debate quedó sepultado por las guerras de independencia y por la consolidación del ideal republicano cubano. Martí lo clausuró moralmente con una sentencia que sigue pesando como un martillo: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David.” Desde entonces, el anexionismo quedó relegado a una corriente subterránea, latente, que solo emerge en momentos de desesperación nacional.
Y eso es exactamente lo que vivimos hoy.
El resurgimiento actual no responde a una fe ideológica en el modelo estadounidense. Responde al derrumbe del proyecto cubano tal como fue concebido en 1959. Durante décadas, el régimen prometió soberanía, justicia social, dignidad y futuro. Hoy solo ofrece escasez, emigración masiva, apagones, ruina productiva y un Estado incapaz de gobernar sin reprimir.
Cuando un país llega al punto en que millones de sus ciudadanos no ven posibilidad alguna de reconstrucción desde dentro, la pregunta deja de ser “¿cómo reformamos?” y pasa a ser “¿cómo escapamos?”. El anexionismo moderno no es una doctrina: es una rendición emocional.
¿Qué pasaría si Cuba fuese anexada a Estados Unidos?
No ocurriría ningún milagro. No habría transición suave ni fusión romántica. Habría una ruptura radical. El régimen colapsaría de inmediato; el Partido Comunista perdería todo sentido de existencia, las Fuerzas Armadas dejarían de ser columna política, el aparato represivo se disolvería como estructura de poder. Cuba pasaría a regirse por la Constitución estadounidense, por su sistema judicial, por su régimen de propiedad privada.
Económicamente, habría inversión, reconstrucción, acceso a mercados, pero también desempleo estructural, cierre de empresas inviables, choque brutal entre una economía de subsistencia y un sistema competitivo avanzado.
Cuba no se convertiría en Florida. Se convertiría en el territorio más pobre de la Unión. En una periferia interna del primer mundo.
La anexión no borraría de un plumazo décadas de deformación social; dependencia del Estado, cultura de simulación, desarticulación cívica, desconfianza horizontal. El precio de la libertad sería alto, y el tránsito doloroso.
Por eso el debate no debe abordarse desde la burla ni desde el nacionalismo automático. Quienes hoy piensan en la anexión no están traicionando a Cuba; están confesando que sienten que Cuba ha sido llevada a un callejón sin salida.
El anexionismo contemporáneo no expresa amor por Estados Unidos. Expresa la bancarrota del proyecto político que prometió salvar a la nación y terminó empujándola al borde de la disolución. Es el termómetro moral del fracaso del régimen.
Cuando un pueblo comienza a considerar seriamente desaparecer como nación para poder sobrevivir como individuos, no está renegando de su historia: está diciendo, con brutal honestidad, que lo han llevado al límite.