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Por Albert Fonse ()
Ottawa.- La amenaza de un ataque estadounidense existe y es concreta. Cuando una potencia militar decide actuar, no lo hace con advertencias simbólicas ni gestos diplomáticos. Actúa. En ese escenario, todo el que esté integrado en unidades militares y todo el que vista un uniforme militar pasa automáticamente a ser un objetivo militar. No es retórica. Es doctrina. Es un hecho que va a suceder.
El Servicio Militar Obligatorio coloca a miles de jóvenes exactamente en ese punto de riesgo. No los prepara para defender a la nación, los expone para proteger a una dictadura asesina. No hay confusión posible. En un conflicto real, no se distingue entre reclutado forzado y represor voluntario. El uniforme define el blanco.
Las familias deben entender la gravedad de esa decisión. Permitir que un hijo cumpla el servicio militar hoy significa aceptar que su vida puede perderse defendiendo a una cúpula que jamás se sacrificará por nadie. Ningún dirigente pondrá a sus hijos en esas posiciones. Siempre serán los mismos jóvenes del pueblo de a pie sin poder quienes paguen el precio final.
Negarse, insubordinarse o rechazar el uniforme puede llevar a prisión. Esa es la amenaza del régimen. Ir preso es temporal. Morir por unos dictadores es definitivo. No existe causa moral, histórica ni patriótica que justifique perder la vida para sostener un sistema criminal.
Este escenario no es una exageración. La operación de extracción de Nicolás Maduro dejó un mensaje claro. No hubo muertes de civiles. Ninguna. Eso demuestra la precisión con la que puede actuar el ejército estadounidense cuando ejerce presión real. La población no es el objetivo. Las estructuras armadas sí.
Cuando algo así ocurra en Cuba, el contraste será brutal. Mientras las familias de los jóvenes del servicio militar obligatorio que no decidieron negarse o insubordinarse lloren a sus muertos en zonas de ataque, el resto del pueblo estará celebrando. No por crueldad. Porque ese día significará que Cuba por fin será libre.
Esa es la decisión real que enfrentan hoy miles de jóvenes. Prisión o muerte. Cárcel o tumba. Frente a una dictadura asesina, la opción racional, humana y moral es clara. Es mejor ir preso que morir por unos dictadores.