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El mar no dio aviso. Solo golpeó.
El 3 de noviembre de 1962, el pesquero francés Jeanne Gougy quedó a merced de una tormenta brutal frente a la bahía de Gamper, en la costa de Cornualles, cerca de Land’s End. Las olas lo empujaron contra las rocas hasta dejarlo atrapado, escorado, con el casco castigado una y otra vez por el agua helada.
A bordo iban 18 hombres.
Desde los acantilados, los equipos de rescate intentaron lo imposible. El viento hacía inútiles muchas maniobras. El mar rugía entre las paredes de roca. Cada minuto contaba.
Al final, solo seis sobrevivieron.
Cuatro lograron salvarse gracias a una boya de amarre tendida desde los acantilados, balanceándose sobre el vacío, mientras el barco se deshacía bajo ellos. Los otros no tuvieron esa oportunidad.
La imagen quedó como testimonio de un límite claro: hasta el valor tiene fronteras cuando el mar decide no ceder.
Una tragedia silenciosa, grabada en blanco y negro, donde la diferencia entre vivir y no hacerlo fue una cuerda tensa sobre el abismo. (Datos Históricos)