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Por Oscar Durán
La Habana.- El senador chileno Felipe Kast, sobrino del presidente electo José Antonio Kast, realizó recientemente fuertes declaraciones de Cuba en un podcast donde estuvo invitado.
El también candidato a presidente por el partido Evolución Política (Evópoli) en 2017, describió una realidad que el castrismo se ha empeñado en maquillar durante décadas. «Una niña de 13 años entrando a un hotel con un viejo de 65 no es turismo, no es cultura, no es resistencia creativa”, dijo.
Eso es miseria. Miseria moral, social y humana. Y ocurre en un país donde el régimen se llena la boca hablando de dignidad y de la defensa de los más vulnerables.
Kast vivió en Cuba, estudió hasta en la Ñico López, volvió varias veces y hasta formó una familia con una cubana. No está hablando desde la comodidad de un escritorio ni desde la ignorancia del que nunca pisó la isla. Habla desde la experiencia directa, desde haber visto cómo un sistema que dice proteger al pueblo termina empujándolo a la degradación más absoluta. Esa escena que describe no nace del vacío: nace del hambre, de la falta de oportunidades y de un Estado que mira para otro lado mientras exprime a su gente.
El senador chileno también recordó su detención y golpiza por caminar con las Damas de Blanco: queda claro que en Cuba no solo se castiga la pobreza, también se castiga la empatía. Allí no se puede acompañar, no se puede protestar, no se puede ni siquiera mirar distinto sin pagar un precio. El régimen no tolera testigos incómodos. Por eso expulsa, golpea, prohíbe la entrada y rompe cualquier vínculo que no pueda controlar.
La frase de Kast sobre el “secuestro de un país” no es retórica exagerada. Cuba es un país tomado como rehén por una élite que vive de espaldas a su pueblo. Mientras los jerarcas hablan de soberanía, las niñas se prostituyen para sobrevivir, los jóvenes huyen como pueden y los que se quedan aprenden a callar. Nadie hace nada porque el miedo está institucionalizado y la represión es parte del paisaje.
Da impotencia, sí. Mucha. Pero más da rabia ver cómo todavía hay quienes defienden ese modelo desde la comodidad del extranjero o desde un micrófono oficial. Lo que vio Felipe Kast no es una excepción: es una consecuencia directa de 65 años de desastre. Y mientras no se diga sin eufemismos, mientras no se llame a las cosas por su nombre, la niñita seguirá entrando al hotel, y el régimen seguirá diciendo que todo está bien.