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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Hace unas semanas, el mundo fue testigo de un operativo militar estadounidense en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa. El propio gobierno de Estados Unidos, según sus comunicados oficiales, anunció que Maduro fue sacado del país tras un operativo que buscaba neutralizarlo y poner fin a su régimen autoritario. Fue una acción sin bajas civiles, una rara operación con objetivos claros y resultados concretos.

Pero aquí está la paradoja: en Cuba y entre muchas comunidades de cubanos en redes sociales y grupos de discusión, todavía hay quienes dudan de que Estados Unidos tenga la capacidad de hacer algo similar con las altas esferas del régimen de La Habana sin causar daño al pueblo.

“Palo porque bogas, palo porque no bogas”. Muchos cubanos dicen que no quieren al castrismo en el poder, eso está claro, pero cuando hablas de intervención externa, inmediatamente aparece el miedo, la desconfianza o una mezcla de esperanza pasiva con realismo forzado.

Escucho de todo en las redes. Gente que quiere libertad, pero la imagina como algo que debe llegar del cielo como el maná. Voces que reclaman derechos humanos y democracia, pero rechazan cualquier tipo de presión o apoyo internacional que pueda interpretarse como “injerencia”.

Las dictaduras no caen por arte de magia

Y justo en ese punto aparece lo que dijo la académica cubana Alina Bárbara López: considera que Cuba precisa “acompañamiento internacional” para transitar hacia una democracia y una economía funcional, pero rechaza una intervención militar extranjera como la que habría ocurrido en Venezuela. Reconozco su intención: nadie quiere ver a su pueblo convertido en campo de batalla, eso sería comprensible, pero negar de plano la posibilidad de un apoyo externo que debilite un régimen represivo sin causar daño civil, es soñar despierto.

Las dictaduras no cambian porque alguien de buena fe les pida que cambien. No se desploman con folletos, con hashtags o con marchas en parques cuidadosamente vigilados. Se cuestionan cuando dejan de tener control, cuando sus sostenes internos se desmoronan y cuando la comunidad internacional, no por benevolencia, sino por justicia, actúa con determinación y estrategia.

Si de verdad queremos libertad y justicia en Cuba, no basta con “quererlo sin intervención extranjera”. Eso es como pedir que la gravedad desaparezca sin mover un dedo. Entonces la pregunta que queda para todos los que luchan por un futuro libre es: ¿Qué estamos dispuestos a hacer realmente para lograrlo?

¿Seguir esperando a que cambie por sí solo? ¿O aceptar que, a veces, ningún cambio profundo ha ocurrido sin que fuerzas externas presionen, con inteligencia y respeto por la vida civil, para debilitar a los tiranos y dar espacio a lo que realmente importa: la voluntad del pueblo? Libertad sin intervención inocua no existe. Dictadura sin intervención responsable, tampoco cae.

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