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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Hay personas que defienden una dictadura desde cualquier tribuna y a cualquier costo, incluso al precio de su propia vida. Se parecen a los gladiadores que, antes de morir, agradecían al emperador el “honor” de morir ante su mirada. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una ideología: el ser humano se comporta así desde las primeras civilizaciones. La adoración al poder es antigua, casi instintiva.

Pero el mismo ser humano que idolatra es, a la vez, profundamente cruel. Porque cuando ese líder pierde el control, cuando deja de ser útil o invencible, es aplastado sin piedad, como una cucaracha. La historia está llena de esos giros brutales: ayer dioses, hoy desechos.

Los cuatro evangelios lo explican con una claridad estremecedora. La entrada de Jesús en Jerusalén fue una apoteosis: palmas, vítores, adoración. Apenas unos días después, esas mismas calles vieron insultos, escupitajos y piedras. El pueblo que lo recibió como a un dios terminó empujándolo al sacrificio. La masa no ama ni odia con profundidad; simplemente sigue la corriente del poder.

Con las dictaduras ocurre algo muy parecido. Mientras mandan, se les aplaude, se les justifica, se les defiende con fervor casi religioso. Cuando caen, nadie quiere haberlos conocido. Nadie fue cómplice, nadie los apoyó, nadie levantó la mano por ellos. El entusiasmo se convierte en silencio, y el silencio en desprecio.

Cuba es el mejor ejemplo

Cuba ofrece un ejemplo elocuente. Cuando cayó la dictadura de Batista, muchos de los que tenían su retrato en la sala lo sustituyeron de inmediato por uno de Fidel Castro. No solo eso: colgaron en la puerta de sus casas un cartel que decía “Fidel, esta es tu casa”. El miedo cambió de dueño, y la lealtad también. No fue una conversión ideológica; fue puro instinto de supervivencia.

Así funcionan las dictaduras y así funcionan quienes las sostienen: se alimentan del aplauso mientras dura el poder y son abandonadas cuando ya no inspiran temor. La historia no absuelve a los tiranos, pero tampoco a los que los defendieron con fanatismo y luego fingieron no haber estado allí. Porque el problema no es solo el dictador que manda, sino la multitud que aprende a aplaudirlo… hasta que deja de convenirle.

Este artículo fue redactado a partir de amigos que me instaron a explicar el comportamiento de los que defienden a la dictadura cubana en las redes. No teniendo una explicación lógica a tal comportamiento, lo antes escrito, fue la explicación que se me ocurrió. Si alguien tiene otra teoría, me gustaría leerla.

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