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Por Max Astudillo
La Habana.- Cuba volvió a retratarse sin maquillaje en los foros internacionales. Esta vez lo hizo votando en contra de una resolución del Consejo de Derechos Humanos de la ONU que condena las ejecuciones, torturas y asesinatos de manifestantes pacíficos en Irán. El escenario fue Ginebra, pero la escena es vieja: la dictadura cubana alineándose, sin pudor, del lado de los verdugos y dándole la espalda a las víctimas.
La resolución exigía algo que en cualquier país medianamente civilizado sería obvio: el fin de las ejecuciones extrajudiciales, el cese de la tortura y las desapariciones forzadas, la prohibición de la pena de muerte a menores y juicios con garantías reales e independencia judicial. Es decir, exactamente todo lo que el régimen cubano tampoco cumple puertas adentro. Por eso el voto negativo no sorprende; lo que escandaliza es la naturalidad con que La Habana asume su rol de cómplice.
Según datos de la ONU, la represión del régimen iraní ha dejado miles de muertos, incluidos niños, además de un número indeterminado de heridos. Aun así, Cuba decidió colocarse entre los siete países que votaron en contra de la condena, junto a China, India, Indonesia, Irak, Pakistán y Vietnam. Del otro lado quedaron 25 naciones, entre ellas España, Francia, Reino Unido, México, Chile, Colombia y Japón, que al menos tuvieron la decencia de llamar las cosas por su nombre.
El Consejo de Derechos Humanos, además, extendió por dos años la Misión Internacional Independiente encargada de investigar los crímenes del régimen iraní, una decisión que incomoda a gobiernos que viven del silencio, la impunidad y la represión. Para La Habana, cualquier mecanismo de investigación internacional es una amenaza, porque sabe que el mismo rasero que se aplica a Teherán podría aplicarse algún día a Cuba.
Organizaciones de derechos humanos no tardaron en denunciar la doble moral: un régimen que criminaliza la protesta, encarcela opositores y no permite tribunales independientes, votando para proteger a otro régimen represor. El mensaje es tan claro como cínico: los violadores de derechos humanos se protegen entre sí. Y Cuba, una vez más, eligió estar del lado incorrecto de la historia.