Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Un hombre se despertó una mañana y decidió ser emperador. Su ciudad le permitió serlo. Y así vivió. Y así murió.
La historia parece una fábula sobre la identidad, el poder y la delgada línea entre la razón y la locura. Pero ocurrió de verdad.
Joshua Abraham Norton nació en Londres en 1819. Provenía de una familia acomodada, creció en Sudáfrica y, ya adulto, emigró a San Francisco. Llegó con dinero, ambición y futuro. Pero en 1853 una mala inversión lo arruinó por completo. Pasó años luchando en los tribunales para recuperar su fortuna. Perdió. Y con esa derrota, desapareció de la vida pública.
Cuando volvió a San Francisco, en 1859, ya no era un hombre rico. Era uno más entre los indigentes que sobrevivían en los márgenes de la ciudad, criticando las leyes injustas y la corrupción política. Hasta que un día tomó una decisión insólita.
El 17 de septiembre de 1859 envió una carta a los periódicos. En ella se proclamaba, con absoluta solemnidad, Emperador de los Estados Unidos. Convocaba a los representantes del país a reunirse para corregir los males de la nación y restaurar la confianza pública.
Solo un periódico publicó la carta, el San Francisco Bulletin, más como burla que como noticia. La gente rió. Pero algo inesperado ocurrió después.
Joshua Norton empezó a caminar por la ciudad vestido con un uniforme azul, adornado con condecoraciones doradas. Daba consejos, opinaba sobre política, inspeccionaba calles, supervisaba obras públicas. Mandó imprimir billetes imperiales de cincuenta centavos, que muchos comercios aceptaban como pago. Los restaurantes lo alimentaban. Los teatros le reservaban asiento. La policía lo saludaba con respeto.
San Francisco decidió aceptar su fantasía y convertirla en algo más.
No lo trataban como a un loco, sino como a una figura entrañable. Personas que lo conocieron, entre ellas Mark Twain, lo describieron como un hombre culto, coherente y sinceramente convencido de su papel. No era violento, no era peligroso. Era un emperador sin ejército, sin palacio y sin poder real, pero con el afecto de toda una ciudad.

Durante años emitió proclamas imperiales. Ordenó la disolución del Congreso por corrupción. Declaró abolida la República y propuso una monarquía absoluta. Destituyó simbólicamente a Abraham Lincoln y, más tarde, condenó a su sucesor a limpiar botas. Nadie obedecía, pero nadie se ofendía.
Joshua Norton murió en 1880. Más de treinta mil personas asistieron a su funeral. Fue uno de los mayores cortejos que San Francisco había visto hasta entonces.
En su lápida se lee: “Norton I, Emperador de los Estados Unidos y Protector de México”.
Nunca gobernó un país. Pero durante veinte años, una ciudad entera decidió creer en él. Y eso fue suficiente.