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Por Yeison Derulo
La Habana.- Lo que está montando Miguel Mario Díaz-Canel en Cuba huele más a película mala que a estrategia real de defensa. Es un guion ya visto, gastado, predecible. El pueblo en formación, los tanques soviéticos de los años de los años sacados del museo, los universitarios tirando con fusiles que ni en un polígono de feria servirían, y el presidente recorriendo unidades militares como si estuviera dirigiendo una superproducción bélica.
Todo ese teatro recuerda demasiado a la escenografía montada por Nicolás Maduro antes de su caída: mucha épica revolucionaria, mucho discurso antiimperialista y cero capacidad real de respuesta ante un enemigo que, si decide actuar, lo hace en cuestión de minutos.
Díaz-Canel encabezó otro de esos sábados marcados por la parafernalia militar, rodeado de altos mandos castrenses y cámaras oficiales, insistiendo en que Cuba debe “prepararse de verdad” ante la supuesta “ofensiva hegemónica” de Estados Unidos. La excusa es siempre la misma: Washington. Esta vez, el fantasma utilizado fue el ataque estadounidense del 3 de enero en Caracas, que terminó con la salida de Maduro del poder.
Desde La Habana, Limonardo presenció ejercicios tácticos con tanques, prácticas de tiro con estudiantes y visitas a unidades antiaéreas, un acto simbólico para consumo interno.
La realidad es mucho más cruda y menos cinematográfica. Cuba no está preparada para ninguna guerra moderna. No lo está tecnológica, logística ni económicamente. Hablan de emboscadas, minas, defensa civil y hasta de armas de exterminio en masa, mientras el país no puede garantizar electricidad estable, combustible o aspirinas.
La aprobación de “planes y medidas” para un supuesto “Estado de Guerra”, sin explicar absolutamente nada al pueblo, solo confirma que esto no es defensa, es propaganda. Es mantener al país en tensión permanente para justificar el control, la represión y el discurso del enemigo externo.
La gran diferencia entre esta “película” cubana y la venezolana es que Estados Unidos no ha colocado a Díaz-Canel en la lista de jefes de organizaciones criminales internacionales, como sí ocurrió con Maduro. Díaz-Canel es, para Washington, el rostro civil de una dictadura que viola derechos humanos, reprime, encarcela y empuja a su pueblo al exilio, pero todavía no un objetivo militar directo. Si ese escenario cambiara, no habría ejercicios de sábado ni tanques oxidados que aguanten tres minutos de una ofensiva real. Eso lo saben ellos y lo sabe el pueblo.
Por eso todo esto no es más que un teatro burdo, una puesta en escena para aparentar fortaleza donde solo hay miedo. Díaz-Canel habla de “no rendición ni claudicación”, mientras se aferra al poder con discursos vacíos y maniobras militares inútiles.
Cuba no está al borde de una guerra con Estados Unidos; está al borde del colapso interno. Y ningún ejercicio militar, por muy televisado que sea, va a cambiar esa verdad incómoda que el régimen se empeña en esconder detrás de uniformes, consignas y armas obsoletas.