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Por Renay Chinea ()
Barcelona.- Murió en Venezuela. Había nacido en el villorrio de Las Tunas en 1833. Gestionaba una finca ganadera que heredó de su madre y, cuando se levantó Oriente contra España, dijo: «¡Presente!».
Vicente García, el León de Santa Rita, era indomable. Ascendió con sus santos cojones al altar más alto de la patria. Era una época en que las madres cubanas parían machos. No conoció la palabra miedo.
No pasaron tres días: cuando Carlos Manuel se alzó en La Demajagua, él se levantó y tomó Las Tunas.
Una columna española vino y cercó su casa para que no entraran alimentos; dos de sus hijos murieron de hambre, en el regazo de su mujer camagüeyana, que tampoco claudicó.
El bravo Vicente volvió a los pocos meses y asedió la ciudad, la cual quemó y redujo a cenizas.
—¿Por qué casa empiezo el fuego? —le preguntó su ayudante, el oficial Silva.
—Empieza por esa —dijo.
—¡Pero es tu casa! —respondió el subalterno.
—Sí… empiece por mi casa. Tunas, yo te amo, pero te prefiero en cenizas a verte esclava —respondió el general.
Un día después de la Protesta de Baraguá, del imbatible Maceo, Vicente fue electo general en jefe de todos los ejércitos de la República, y Maceo su segundo. Tal era su estatura.
Unos meses después, capitulado con honores, se fue a Venezuela.
Ocho años más tarde, en su finca agrícola en el estado de Miranda, trabó amistad con un comerciante español de la zona, Ramón Dávila, quien resultó ser un traidor al servicio de la Corona. Se ganó su confianza… y lo invitó a comer.
Le dio un plato cubano de quimbombó, donde puso vidrios molidos.
Murió el General de una muerte horrible. Era el 4 de marzo de 1876.
Pero dejemos que el más grande de todos los cubanos que serán en mil años, José Martí, describa el momento:
«Allá, en un asilo infeliz, moría tiempos hace, en la rústica cama, un General de Cuba, rodeado de sus hijos de armas, y se alzó sobre el codo moribundo, no para hablarles de los intereses de la tierra, sino para legarles, con el último rayo de sus ojos, la obligación de pelear por su pueblo hasta verlo libre del extranjero que le odia y extermina.»
No conozco en la lengua una literatura mayor desde Quevedo. No leí nunca palabras más profundas y emocionadas que esas palabras de Martí.
Si tú, cubano, sientes ese homenaje dentro de ti, ese proyecto mancillado que se llama Cuba tiene futuro. Tenemos ese compromiso con la memoria de esos grandes hombres.
A donde voy: cubanos de todas las tendencias, confundidos, humillados, somos hijos de hombres grandes… poetas grandes… grandes hombres y mujeres. Que no te empequeñezcan los pequeños.
Un grupo de lo peor entre nosotros nos ha secuestrado la Patria y nos ha inculcado que obedecer a sus caprichos y prebendas es destino.
Es hora de saber que somos capaces. Y podemos tener la nación que soñaron nuestros Padres Fundadores. Somos ellos. Somos lo más grande que una vez parieron las cubanas, aunque los malvados se afanen en convencernos de lo contrario.
Esto es «con todos… y para el bien de todos». Es la hora.