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El hombre al que le robaron la televisión

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La televisión no nació de un solo momento ni de un único genio. Surgió lentamente, en la frontera entre la ciencia y la imaginación, a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

En 1900, durante una exposición internacional en París, un científico ruso utilizó por primera vez la palabra “televisión”. El término unía dos ideas antiguas: ver y hacerlo a distancia. Aún no existía el aparato, pero el concepto ya estaba sembrado.

Durante las décadas siguientes, varios investigadores intentaron convertir esa idea en realidad. Un físico alemán desarrolló un disco capaz de descomponer imágenes en fragmentos. Más tarde, un ingeniero escocés logró transmitir imágenes en movimiento mediante un sistema mecánico. Funcionaba, pero era limitado. El futuro no estaba en los engranajes, sino en los electrones.

Ahí aparece un adolescente estadounidense llamado Philo Farnsworth.

Con solo catorce años, dibujó en una hoja escolar un sistema que no dependía de piezas móviles. Su idea era simple y revolucionaria: transmitir imágenes usando un barrido electrónico de líneas, igual que se lee una página. Años después, en 1927, logró que ese concepto funcionara. Fue la primera demostración exitosa de una televisión completamente electrónica.

Había nacido el principio técnico que todavía sostiene las pantallas modernas. Pero la historia no fue amable con él.

Farnsworth se enfrentó a una de las corporaciones más poderosas del momento, que buscaba controlar la nueva tecnología. La empresa cuestionó que un joven sin recursos pudiera haber concebido algo tan avanzado. La batalla legal duró años. Al final, los tribunales le dieron la razón, gracias a un viejo profesor que conservaba el dibujo original del invento.

Farnsworth ganó el reconocimiento legal, pero perdió algo más difícil de recuperar. El desgaste económico y emocional fue enorme. Mientras tanto, la gran corporación impulsó la televisión al mercado con una fuerza publicitaria imparable y terminó quedándose con el crédito popular.

Farnsworth obtuvo patentes. Otros obtuvieron la fama.

Murió sabiendo que su trabajo había cambiado el mundo, aunque su nombre no apareciera en los hogares donde la televisión se encendía cada noche.

Hoy, cada imagen que se forma en una pantalla sigue el principio que aquel adolescente imaginó en silencio.

A veces, la historia no olvida a quien inventa. Solo tarda en mirar en la dirección correcta.

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