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Por Max Astudillo ()
La Habana.- En los pasillos del poder en Washington, donde se cocinan a fuego lento las políticas que luego estremecen al Caribe, se evalúa la medida que podría marcar el punto de no retorno para la agonizante economía cubana: un bloqueo total a las importaciones de petróleo hacia la isla.
Según revela Politico, la administración Trump, con Marco Rubio a la cabeza, promueven esta escalada final, justificándola bajo la Ley Helms-Burton. Su objetivo declarado es el “estrangulamiento” energético para forzar, en su visión, un “evento” de cambio en 2026. No es una decisión tomada, pero su mera consideración enciende todas las alarmas en La Habana, que sobrevive hoy gracias a un precario y caro flujo de crudo.
La vulnerabilidad de Cuba es absoluta. La isla importa aproximadamente el 60 por ciento del petróleo que consume. El grifo venezolano, otrora generoso, fue cerrado a presión por las sanciones de Trump. Hoy, México se ha erigido en el principal proveedor, pero cobrando al contado y sin la capacidad –ni quizás la voluntad política a largo plazo– de suplir la demanda total.
Rusia y aliados africanos como Argelia son nombres en un tablero geopolítico, no fuentes estables de suministro a gran escala y precio subsidiado. Un decreto estadounidense que prohíba o amenace con sanciones secundarias a cualquier buque que descargue hidrocarburos en puertos cubanos, convertiría a la isla en un paria energético de la noche a la mañana.
Este bloqueo potencial llega en el peor momento imaginable: cuando el pueblo cubano ya vive inmerso en una pesadilla de oscuridad. El colapsado sistema eléctrico nacional, por falta de mantenimiento, combustible y capacidad de generación, ha sumido a ciudades y pueblos en un retroceso a la era preindustrial.
En municipios de La Habana, los apagones superan las 17 horas diarias. En el interior del país, es común que la luz desaparezca por más de 24, a veces 48 horas ininterrumpidas. Hospitales, cocinas, bombas de agua, toda la frágil infraestructura civil se sostiene de milagro. Un corte total de crudo sería el golpe de gracia al maltrecho sistema, detonando una crisis humanitaria de proporciones imprevisibles.
Frente a este escenario del día después, las opciones de la dictadura castrista serían tan dramáticas como limitadas. La primera y más probable: una militarización total de la distribución de los exiguos recursos.
El combustible se racionaría con puño de hierro, priorizando a las fuerzas armadas, el Ministerio del Interior y los hospitales de la nomenklatura. La segunda, acelerar cualquier negociación pendiente con Rusia o Irán, ofreciendo concesiones estratégicas a cambio de envíos urgentes, una operación logística y financiera hercúlea bajo el cerco. La tercera, lanzar una campaña de “resistencia” interna, culpando al “bloqueo genocida” mientras empuja a la población a una austeridad aún más brutal.
Sin embargo, ni la represión ni la retórica antiimperialista generan kilovatios. Las opciones reales son pocas y catastróficas. Podría intentarse una movilización masiva para la producción de biocombustibles a escala ínfima, o un racionamiento eléctrico aún más extremo que paralice toda industria no esencial. Pero la verdadera válvula de escape sería una migración en masa, un éxodo que superaría al de Mariel y la crisis de los balseros combinados, con el potencial de desestabilizar la región.
El régimen, acorralado, jugaría su última carta: presentarse como víctima de una agresión extranjera que justifique ante su pueblo y aliados internacionales el colapso total.
El cálculo en Washington es precisamente ese: si la presión es suficiente para quebrar al gobierno sin provocar una catástrofe que recaiga sobre Florida. Por eso algunos dentro de la administración se oponen. Y por eso, como señala CBS News, hoy se permite tácitamente el flujo mexicano, una contradicción entre la retórica y la realidad.
Pero si Trump decide apretar la soga, La Habana se sumiría en una oscuridad no metafórica. No sería solo el fin de la revolución, sino el preludio de un caos donde la primera víctima, como siempre, sería un pueblo exhausto que lleva años alumbrando su miseria con velas.