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Por Max Astudillo
La Habana.- Dicen que Ramiro Valdés Menéndez vive sus últimos días. Dicen. En Cuba, donde la información oficial siempre llega tarde, mutilada o nunca llega, los rumores corren más rápido que los partes médicos. El llamado Carnicero de Artemisa, uno de los hombres más temidos del aparato represivo, estaría en estado crítico. Un nonagenario que hizo del poder su oxígeno y de la obediencia ciega su único legado político.
Valdés Menéndez no fue un burócrata gris ni un cuadro decorativo. Fue ejecutor. Fue cerebro y mano dura. Desde las entrañas del sistema de inteligencia y represión, ayudó a perfeccionar el modelo de vigilancia total que convirtió al país en una gran sala de interrogatorios. No construyó escuelas ni hospitales, pero sí expedientes. No sembró futuro, sembró miedo. Y durante décadas vivió cómodamente de eso.
Mientras miles de cubanos envejecían entre carencias, apagones y silencios forzados, el Carnicero envejecía protegido por el mismo sistema que ayudó a consolidar. Nunca dio explicaciones. Nunca pidió perdón. Nunca enfrentó un tribunal independiente. En Cuba, los verdugos mueren en sus camas, no en los banquillos. Esa ha sido siempre una de las grandes victorias morales del régimen.
Si es cierto que se apaga, lo hace lejos de las celdas húmedas, de los calabozos sin luz, de las huelgas de hambre que su maquinaria ignoró. Lo hace rodeado de cuidados médicos que el cubano común no tiene, en un país donde enfermarse es un acto de alto riesgo. Ironías de la historia: quienes negaron derechos, mueren con privilegios intactos.
La muerte biológica de Ramiro Valdés Menéndez, cuando ocurra, no cerrará ninguna herida. No habrá justicia automática ni reparación simbólica. Pero sí deja una lección clara: el poder sostenido por la represión es un negocio rentable… hasta el final. El problema no es que el Carnicero esté muriendo; el verdadero problema es que nunca respondió por todo lo que ayudó a destruir.