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Por Luis Alberto Ramirez ()

MIami.- Según The Wall Street Journal, Estados Unidos estaría trabajando activamente para propiciar un cambio de régimen en Cuba, buscando contactos dentro del Gobierno cubano que faciliten un acuerdo para poner fin al sistema comunista antes de que concluya el año. La información, citada por “fuentes familiarizadas con el asunto”, suena ambiciosa. Pero la pregunta inevitable es otra: ¿con quién?

Encontrar interlocutores reales en el poder cubano es hoy más difícil que buscar planetas en el mar. Y no por pesimismo, sino porque la realidad se impone a los deseos. En Cuba gobierna una gerontocracia cerrada: ocho octogenarios que, como viejos camajanes, controlan todos los tentáculos del poder junto a sus familias. Han convertido la Isla en un realengo privado, donde ya no se distingue si se trata de un Estado soberano o de una finca hereditaria.

Hijos, nietos y familiares cercanos dominan el engranaje económico, político y militar que sostiene la dictadura. Y los parientes que no mandan, secundan. En ese contexto, pensar en “contactos internos” dispuestos a desmontar el sistema es desconocer cómo funciona el poder en La Habana: todo pasa por la familia, todo se hereda, todo se protege.

En Cuba traicionar se paga con la vida

Por eso, no se trata de amenazar a Miguel Díaz-Canel, ni a Manuel Marrero, ni a ningún otro alto cargo del circo institucional. Ellos no son el núcleo duro del poder; son administradores de una herencia ajena. El problema no es esperar a que mueran los viejos dinosaurios, sino cómo arrebatarles a sus familiares las riendas del Estado cuando esos viejos ya no estén.

En Cuba no existe una Delcy Rodríguez con las agallas (o la autonomía) para sacar al régimen de la carretera del desastre. Y no es casualidad: el desastre es el mecanismo de control. La escasez, el miedo y la dependencia mantienen a la élite atornillada al poder. Cambiar eso desde dentro implicaría traicionar a la familia, y en Cuba la familia es el régimen.

Así que sí, Washington puede “buscar contactos”. Pero mientras el poder siga siendo un patrimonio familiar y el caos siga siendo el combustible del control, el cambio de régimen no será una negociación: será una ruptura. Y esa ruptura no se firma en despachos; se construye desmontando la red hereditaria que secuestró a la Isla. Se puede morir de hambre todo el pueblo, puede vivir a oscuras para siempre, sin bañarse y pasando sed, mientras existan esos ocho viejos de mierda nadie podrá ponerle el cascabel al gato; porque en Cuba traicionar a estos viejos, es traicionar a la patria y eso se paga con la vida.

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