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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- He vivido experiencias poco usuales y conocido gente de los más disímiles puntos cardinales de las profesiones, estratos sociales, calidades humanas, religiones… He tenido esa suerte, ese «qué llevarme a la tumba». Conocer personas es una manera de entender el mundo, de adquirir cultura, de comprender cuán diferentes podemos ser y por qué (sobre todo por qué).

Raúl Pomares era, desde mi temprana conciencia, un ídolo cinematográfico. Me llamaba la atención su aspecto rural y sus expresiones faciales, pasadas por la creencia de esa vida que encarnaba. Tenía surcos en el rostro que sabía mover sutilmente. Y sus pobladas cejas eran un remate contundente a sus miradas.

«Plaff», «Los días del agua», «Retrato de Teresa», «El hombre de Maisinicú»… Pomares era ya una leyenda en el momento en que apenas yo empezaba.

Cuando lo conocí un poco más (no filmando «Alicia en el pueblo de Maravillas», sino más tarde), me gustaba burlarme de su caminado al final de una escena intensa, creo que en «Los días del agua». A mí se me antojaba simpático y me rompía la magia de ese fragmento. Tiraba los pies hacia adelante inclinando el cuerpo a un lado y otro, como quien camina por un surco. Era su forma natural de andar.

En «Alicia…», que fue mi primera (de las muy pocas) experiencia en el cine, lo conocí finalmente. Yo era apenas un humorista más de la generación de los 90, y verlo me llenó de asombro, pero no se detuvo ahí. Raúl me hablaba como a un igual, se divertía y me buscaba para reír en los recesos, o me señalaba, como un niño travieso, alguna trastada en plena filmación. Hay una escena en que se hace un «coro hablado» en la que se disfrazaba de flor. Y yo no podía mirarlo. Era una imagen tan absurda que descontrolaba cualquier intento de comportarme profesionalmente. Me meaba de risa al tropezarme con su vista, el rostro rodeado de pétalos y elevando sus cejas.

Luego, en el serial de TV «Doble Filo», junto a Miriam Vázquez, tuvimos más oportunidades de conocernos. Y seguía ese trato cercano, lejos de la afabilidad de un superior. Amigo, gente común. Un igual. Y yo tenía claro que no lo éramos.

Cierta tarde fue a casa. Yo aún vivía con mis padres en Santos Suárez, y se embulló a echarse unos tragos con mi viejo. Físicamente «se daban un aire» mi padre y él, pero hasta ahí. Recuerdo aquella tarde con mucha alegría.

Hubo un momento en que hablamos de actuación y me confió un secreto:

—Atiende —me dijo—, yo le pongo un signo astrológico al personaje que voy a hacer. Los signos son estudios psicológicos muy amplios, entonces utilizo eso, trato de comportarme como el signo para interpretarlo.

Yo, que soy un descreído consuetudinario, me burlé:

—¡Eso es mierda, Pomares! ¡Qué signo ni qué signo, no jodas!

—No seas tolete, mijito, es un apoyo para hacer más sólido y coherente el personaje. Mira, por ejemplo… ¿tú qué signo eres?

—Cáncer —contesté.

Su intención era fundamentar su sistema de actuación, así que iba a hablar hasta por los codos, pero repentinamente calló, frunció el entrecejo y me echó una de sus miradas más hilarantes por lo seria:

—Chico, ¿y por qué coño tú eres así?

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