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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Tras varios días de la captura de Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel anunció con solemnidad que había conversado con Delcy Rodríguez para “condenar la agresión militar de EE. UU. y el secuestro del presidente constitucional”.
Lo que omitió decir es que Delcy hoy gobierna por delegación del virrey Marco Rubio. Mientras Caracas cambia de manos, él sigue hablando como quien saluda desde un mapa antiguo. Esa frase, más que una posición política, es una confesión: Díaz-Canel vive en una realidad paralela; es evidente que aún no ha aterrizado en el siglo en que ocurren los hechos.
Habla de “presidente constitucional” refiriéndose a un hombre que se sostuvo en el poder mediante elecciones fraudulentas, represión, exilio masivo y alianzas criminales. Ignora deliberadamente que el régimen venezolano perdió toda legitimidad ante su propio pueblo y ante buena parte del mundo. Pasa por alto las acusaciones formales por narcotráfico, terrorismo y crimen organizado que pesan sobre Maduro y su entorno.
Pero lo más revelador es esto: mientras Díaz-Canel recita consignas congeladas en el siglo XX, Delcy Rodríguez ya opera en otro tablero. Es ella quien hoy negocia con Washington una salida, una transición, un nuevo orden para Venezuela. Es decir: incluso el chavismo ha entendido que el guion ideológico murió. Solo La Habana sigue actuando como si nada hubiera cambiado.
La llamada de Díaz-Canel no es un gesto diplomático; es un acto de negación. No está leyendo el mundo: lo está rechazando. Repite el libreto del “imperio agresor” aunque la propia Venezuela se esté reconfigurando por dentro. Defiende un cadáver político creyendo que aún protege una causa viva.
Y eso lo deja en evidencia: No es que Díaz-Canel interprete mal la realidad. Es que no puede permitirse verla. Porque aceptar lo que ocurre en Venezuela implicaría aceptar algo mucho más peligroso para su propio poder: que los regímenes no son eternos, que los relatos se agotan, que la historia no obedece consignas. Por eso insiste en una ficción y cada palabra suya suena más fuera de lugar.