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Por Oscar Durán
La Habana.- Miguel Díaz-Canel habló con Delcy Rodríguez a los veinte días de Maduro arribar a un campismo de 2×2 en Nueva York. Veinte días después aparece, solemne, impostado, usando esa palabra que tanto le gusta: “enérgica”. Cada vez que la pronuncia uno no puede evitar imaginarlo con dos Red Bull arriba, inflando el pecho frente al espejo, convencido de que subiéndole el volumen a la voz también sube su autoridad. No hay nada más triste que un presidente jugando a estadista.
La “condena enérgica” —esa muletilla gastada— vuelve a quedar en evidencia como puro teatro. Díaz-Canel no condena nada, no decide nada y no influye en nada. Es un notario del desastre, un lector aplicado de comunicados que no escribe y que nadie toma en serio. Su papel se reduce a repetir frases huecas mientras el mundo gira sin pedirle permiso y sin consultarlo siquiera.
Raúl Castro, que algo sabe de imponer respeto a golpe de miedo, ya lo ve como lo que es: un imbécil funcional. El problema es que no tiene a quién poner. El relevo es tan malo que el peor sigue siendo el menos peor. Y así, el país queda atrapado en ese limbo grotesco donde el poder real se apaga y el poder formal da vergüenza ajena. Díaz-Canel no lidera, estorba.
Sandro Castro, por su parte, lo tiene clarísimo. Desde su burbuja de lujos, excesos y privilegios obscenos, entiende mejor que nadie la inutilidad del presidente designado. Sandro no necesita discursos enérgicos ni llamadas tardías: él vive en la Cuba que funciona, la de los apellidos, la impunidad y el descaro. Para esa Cuba, Canel es poco más que un meme institucional.
Y mientras tanto, alguien debería decirle a Díaz-Canel que Delcy ya no habla español. Que no pierda tiempo llamando ni fingiendo conversaciones trascendentales. Delcy ahora dice “Trump is my president” y sigue adelante, sin mirar atrás. Canel, en cambio, sigue atrapado en su libreto, creyendo que una palabra grandilocuente puede esconder su pequeñez política. Patético no es el insulto: es la descripción exacta.