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Por Jorge Sotero ()

El pan de la foto, esos seis panes, se los vendieron hace un rato a una cubana que fue a la bodega -a la panadería- a buscar la ración que venden a cada cubano, la que supuestamente le toca a todos, pero hay una historia detrás.

Cuando la señora de marras fue a coger el pan, o los panes, y los volteó, notó que estaban sucios, tiznados y que, si acaso, servirían para el perro que tiene en su casa.

Con amabilidad, le pidió al bodeguero que se los cambiara, pero el hombre se molestó, puso cara, «frió huevos», miró atravesado y, al final, encontró una justificación para no hacerlo.

«Antes que todo, me dijo que no lo tocara con las manos», dice la cliente, quien pensó que estaba bromeando, porque ¿a quién se le ocurre pedirle a alguien que no toque una cosa que se encuentra en esas condiciones higiénicas, por razones de higiene? ¡Increíble!

En un alarde —otro más— de higiene, el dependiente llevaba guantes. Guantes sucios, contaminados; los mismos guantes de ayer, del lunes, de la semana anterior o de 2025. Unos guantes sucios, que no se lavan nunca… Más cochinos que los que usan en Moscú o en Groenlandia los paleadores de nieve. Pero aún así fue a dar lecciones.

Al final, no cambió los panes. «Les va a tocar a otros, igualmente», pensaría el bodeguero, o el vendedor de la panadería de San José de las Lajas, donde ocurrió el hecho, donde se hicieron los panes y donde vive el vendedor.

Al final, esos panes demacrados, sucios, tal vez —o casi seguro— sin grasa de ningún tipo y sin el peso establecido, hay que cogerlos como una limosna del sistema para aquellos que no pueden pagar 35 pesos por los que venden en las otroras panaderías del gobierno —ahora mipymes—, que son muy superiores en calidad.

Cuba, como dijo el cantor, necesita un rabo de nube, un torbellino que cargue con todo, aunque cueste trabajo comenzar de cero. Y también, como dijo otro poeta, hace falta una carga para acabar con los bribones que facilitan estas cosas y que mantienen al país en la más absoluta miseria.

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