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La testigo clave del caso Hall–Mills declaró mientras se estaba muriendo. Se llamaba Jane Gibson. Vivía en una granja de cerdos y por eso la prensa la apodó con crueldad “la mujer cerdo”. Cuando llegó el momento de testificar, el cáncer ya la estaba consumiendo. Fue llevada a la sala del tribunal en una cama. Allí habló, sin levantarse nunca más.
El caso ya era famoso.
Conocido como los “asesinatos del manzano silvestre”, comenzó cuando los cuerpos del reverendo Edward Hall, de 42 años, y de Eleanor Mills, de 34, aparecieron en una zona rural de Nueva Jersey, cerca de una granja abandonada. Ambos estaban casados. Ambos mantenían una relación secreta desde hacía casi cuatro años.
La escena fue perturbadora. Los cuerpos estaban juntos. Había indicios de violencia extrema. Y una nota dejada junto a ellos sugería castigo moral.
La prensa convirtió el crimen en un espectáculo. El adulterio, la religión y la brutalidad hicieron del caso un fenómeno nacional.
El esposo de Eleanor, Jim Mills, pronto quedó fuera de sospecha. En cambio, la atención se centró en Frances Hall, esposa del reverendo, y en sus dos hermanos. Los tres fueron llevados a juicio.
Entonces apareció Jane Gibson. Vivía justo al lado del lugar de los asesinatos y aseguró haber visto a varias personas en la escena la noche del crimen. Dijo haber reconocido voces. Describió movimientos. Señaló culpables.
Pero su testimonio era inconsistente. Cambiaba detalles. Contradecía versiones previas. Su relato parecía moldeado por el tiempo, la presión y quizá el deseo de ser escuchada antes del final.
Aun así, el tribunal permitió que declarara.
La cama fue colocada frente al jurado. Jane Gibson habló mientras su cuerpo se apagaba. Fue una escena tan dramática como inquietante, pero no suficiente.
Frances Hall fue absuelta. Sus hermanos también. El caso se cerró sin condenas. Los asesinatos nunca se resolvieron.
Hoy, el caso Hall–Mills sigue siendo uno de los grandes misterios criminales del siglo XX estadounidense. No por falta de testigos, sino por exceso de ruido. Demasiadas versiones. Demasiada presión pública. y demasiado espectáculo alrededor de la verdad.
Jane Gibson murió poco después de testificar. Con ella se fue su versión definitiva. Y el crimen quedó suspendido en el tiempo, sin culpables, sin justicia, convertido en historia.