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Casi nunca bajo por la calle 6 cuando corro. En dirección al mar, la calle desciende, a veces, de manera peligrosa.

En la esquina de la 11, diagonal a una de las esquinas de la Iglesia Episcopal de Cuba, alguien dejó unas cajas con libros. La mayoría de los curiosos que rodearon las cajas y empezaron a desvalijarlas coincidieron en que esos libros pertenecían a la iglesia: libros de religión, de música sacra, de traducciones al griego, diccionarios, evangelios.

También había libros infantiles, clásicos y universales, ediciones completas, especiales y cubanas. Casi toda la mercancía estaba en buen estado. Eso fue lo que vieron los curiosos que se asomaron a esas cajas: mercancía.

Soy incapaz de afirmar que casi todos (también había un par de ciclistas) eran borrachines de esquina o deambulantes. A veces también los confundo. Unos miraban y algunos de ellos metían las manos como si se tratara de un campo de arroz.

Sacaban un libro del montón, leían en voz alta su título —si estaba en inglés, lo traducían y, con la vista, buscaban la aprobación de los demás— y le decían a otros curiosos que les dieran lo que quisieran por ellos: 300, 350 pesos. Siempre se podía regatear.

Uno de ellos sacó una revista de tapa dura con imágenes muy realistas y la abrió completa y la zarandeó en el aire. Algo podía esconder alguna de sus hojas. Otro bromeó con que en uno de los libros había encontrado un billete de un dólar.

El primero que lo escuchó dudó, pero, por si acaso, dijo: «Seguro hay más libros como ese aquí, así que a partir de este momento no me toquen más ninguno de esos libros: todos son míos».

Antes de terminar de escoger los que pude —que tenían que ser pequeños, en buen estado y de autores conocidos—, uno de los que miraba se acercó, miró bien y cogió Ten Days that Shook the World (Diez días que estremecieron al mundo).

El tipo miró hacia la iglesia y dijo que un libro como ese no debía ser parte de la biblioteca de ninguna iglesia y, menos, estar tirado en una esquina; que, como estaban las cosas, en casi un estado de guerra, podría convertirse en un objetivo militar y, con él, todos nosotros. El tipo dejó caer el libro y desapareció entre el montón.

Ahí los dejé, muertos de risa y buscándose la vida. «Aquí hay joyitas, caballero», fue lo último que escuché antes de ponerme los audífonos y seguir corriendo.

Luego, en toda mi carrera, la poca gente que andaba en la calle no dejó de mirarme, la licra violeta que llevaba puesta y los libros en los bolsillos.

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