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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- La propuesta del expresidente Donald Trump para adquirir Groenlandia causó impacto inmediato, no solo por la singularidad de la oferta, sino también por la controversia diplomática que provocó. Para comprender el trasfondo de esta iniciativa, es imprescindible analizarla desde una perspectiva histórica y geopolítica, evitando simplificaciones que oscurecen su verdadera naturaleza.
Groenlandia, con una extensión de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, ha sido históricamente un territorio estratégico debido a su ubicación en el Atlántico Norte, punto de encuentro entre América del Norte y Europa. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos reconoció su valor militar y estableció la base aérea de Thule, vital para la defensa antimisiles y la vigilancia del hemisferio occidental durante la Guerra Fría.
Tras el fin del bipolarismo, el Ártico pareció perder protagonismo, pero el acelerado derretimiento del hielo en las últimas dos décadas ha cambiado el escenario. El deshielo ha abierto nuevas rutas marítimas —como el Paso del Noroeste y la Ruta Marítima del Norte—, acortando distancias entre continentes y aumentando el interés por recursos minerales, petróleo, gas y tierras raras.
Rusia ha sido especialmente activa en el resurgimiento ártico, reactivando bases militares y fortaleciendo su flota en el Mar Ártico para controlar estas nuevas rutas y proteger sus recursos. China, pese a no tener territorio en el Ártico, se ha autodenominado “potencia casi ártica” y desarrolla proyectos de infraestructura y minería, buscando asegurar materias primas estratégicas para su desarrollo tecnológico y militar.
En este contexto, Groenlandia adquiere una importancia crucial. Dinamarca, que ejerce soberanía sobre la isla, no posee capacidad militar suficiente para proteger este vasto territorio ante la creciente presión de Rusia y China. Europa, dividida y con prioridades dispersas, ha mostrado limitaciones para responder eficazmente a estos retos.
La iniciativa de Trump responde, por tanto, a una visión pragmática: asegurar que Estados Unidos mantenga un control sólido sobre un punto estratégico vital, evitando que otros actores consoliden posiciones que comprometan la seguridad y el poder estadounidense. En geopolítica, el control de espacios clave define no solo la seguridad nacional, sino también el acceso a recursos y rutas comerciales esenciales.
Históricamente, la compra de territorios ha sido una práctica recurrente en la política exterior estadounidense —la compra de Luisiana en 1803 o Alaska en 1867 son ejemplos emblemáticos—, que buscan expandir la influencia y asegurar ventajas estratégicas. La propuesta por Groenlandia, aunque polémica en forma, se inscribe en esta tradición pragmática.
Es crucial entender que la oferta no se trató solo de una transacción económica, sino de un movimiento para estimular una discusión urgente sobre la defensa del Ártico y la necesidad de respuestas coordinadas y efectivas. La reacción negativa en Dinamarca y Europa refleja tensiones diplomáticas, pero también pone en evidencia la falta de alternativas concretas para enfrentar la presión creciente de rivales globales.
Este episodio revela la naturaleza cambiante de las alianzas internacionales y la necesidad imperiosa de redefinir políticas estratégicas frente a los nuevos desafíos del siglo XXI.
En conclusión, la propuesta de Trump no debe verse como un acto impulsivo ni caprichoso, sino como una advertencia estratégica y un llamado a la acción. Groenlandia es, sin duda, una pieza fundamental en el ajedrez geopolítico del Ártico, y su control influirá decisivamente en la configuración futura del poder mundial.