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Por Oscar Durán

La Habana.- La foto parece inofensiva: un juego de pelota, Mayabeque contra Industriales, el catcher agachado, el bateador mirando al pitcher y detrás del home, como si nada, aparece una propaganda chea de autos: BDC ONE. Un cartel capitalista plantado en el corazón simbólico del deporte que el castrismo convirtió durante décadas en vitrina ideológica. No es solo un anuncio; es una confesión. La dictadura, agotada, sin discurso y sin vergüenza, juega ahora a ser lo que Fidel Castro prohibió con furia: mercado, marca, negocio, vitrina.

Durante años, nos dijeron que el neoliberalismo era el demonio, que la empresa privada era pecado mortal, que el dinero era una enfermedad burguesa. Todo eso y más.

Hoy, sin rubor alguno, te cuelan una marca de carros en un estadio cubano, como si nada hubiera pasado, como si no nos hubieran educado a base de consignas, prohibiciones y discursos eternos. El problema no es la propaganda en sí; el problema es el cinismo. Quieren que miremos y callemos, que aceptemos la mutación como algo natural, que finjamos demencia colectiva.

Así anda la dictadura cubana: disfrazada de modernidad, jugando a la economía de mercado mientras mantiene intacto el control político. Te venden la imagen de apertura, pero te niegan la libertad. Te ponen un cartel cheo de autos importados mientras el cubano promedio no puede ni soñar con comprarse una bicicleta decente. Es la estética del cambio sin el cambio real, el maquillaje sobre un cadáver que ya huele.

El cartel de BDC ONE -me entero ahora que existe ese marca de auto- en un estadio cubano no anuncia carros; anuncia el fracaso definitivo de un relato. El régimen ya no cree en lo que predica, pero exige que tú sigas creyendo. Nos piden mala memoria, vista gorda y aplausos automáticos. Pero no, esto no es normal. Es la imagen exacta de una dictadura que, sin ideología y sin pudor, se subasta a sí misma mientras el país, como siempre, se queda esperando turno… sin bate, sin guante y sin salida.

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