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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- España atraviesa hoy una de las etapas más delicadas de su historia contemporánea. No se trata solo de una crisis económica o de una coyuntura política pasajera, sino de una crisis profunda que afecta a su espíritu, a su identidad y a su conciencia histórica. Es una crisis del alma.
Durante siglos, España fue columna vertebral de la civilización cristiana occidental. Su cultura, su derecho, su arte, su sentido del deber y de la dignidad humana se edificaron sobre la fe. Desde Covadonga hasta la evangelización de América, desde las catedrales hasta las universidades, la nación se forjó sobre una concepción del mundo donde Dios, la verdad, la familia y la patria eran los pilares de la vida social.
Hoy, esos pilares se resquebrajan.
Los templos se vacían. Las vocaciones desaparecen. La juventud vive de espaldas a Dios. Las misas transcurren con escasa participación y la fe ha sido desplazada por una cultura relativista, materialista y hedonista. Se ha impuesto la idea de que creer es atraso, que la tradición es una carga y que la moral es negociable. España se ha convertido en una de las sociedades más secularizadas de Europa, donde el laicismo militante no se limita a separar Iglesia y Estado, sino que busca expulsar la fe del espacio público, ridiculizarla y convertirla en un vestigio incómodo del pasado.
Un pueblo que pierde su fe pierde también su brújula moral. Y una nación sin brújula camina hacia el naufragio.
Paralelamente, España vive un crecimiento acelerado de comunidades islámicas concentradas en determinadas zonas urbanas. La inmigración masiva, mal gestionada y sin una verdadera política de integración, ha generado barrios cerrados, guetos culturales y espacios donde las normas religiosas comienzan a imponerse como referencia social. No se trata del islam como fe personal, respetable en toda sociedad plural, sino del islam político y comunitarista que no busca integrarse, sino reproducir estructuras paralelas y desafiar los valores occidentales.
En ciudades como Barcelona, Madrid, Ceuta, Melilla, Murcia o Almería ya se observan tensiones culturales, segregación de la mujer, imposición de códigos religiosos y conflictos de convivencia. Europa conoce bien este fenómeno y paga hoy el precio de décadas de ingenuidad política. España avanza peligrosamente por el mismo camino.
A esta crisis espiritual e identitaria se suma una grave crisis política. El actual gobierno socialista ha promovido una agenda ideológica que rompe los consensos básicos de la sociedad: Leyes de ingeniería social, ataque a la familia, relativización de la vida humana, adoctrinamiento educativo y criminalización de la tradición cristiana. Se gobierna desde la ideología y no desde la nación, desde la confrontación y no desde la concordia.
La política económica ha empobrecido a amplios sectores: Inflación, precariedad laboral, presión fiscal asfixiante, endeudamiento creciente y deterioro del poder adquisitivo. Las clases medias se erosionan, los jóvenes no pueden acceder a una vivienda y los pensionistas pierden calidad de vida. España se mira al espejo y no se reconoce.
La crisis de fe ha abierto una grieta moral y la crisis política ha fracturado la convivencia. La crisis económica ha debilitado la estabilidad social y la crisis identitaria ha desdibujado el proyecto nacional.
Una nación que fue faro de civilización hoy camina en penumbra. Una nación que evangelizó continentes hoy se avergüenza de su cruz. Una nación que construyó imperios hoy duda de sí misma.
Las civilizaciones no mueren primero por las guerras ni por las crisis económicas. Mueren cuando pierden su alma. España necesita reencontrarse consigo misma, reconciliarse con su historia, reivindicar su identidad y recuperar su raíz espiritual. Porque un pueblo sin fe es un pueblo sin horizonte, y una nación sin identidad es una nación condenada a desaparecer.